mayo 19, 2020

Metamorfosis

No podía más, ya no lo soportaba. Se llevaba las manos a los cabellos y apretaba hasta que doliera. Ya no podía más. Cargaba con esa frustración desde la infancia, cuando se descubrió diferente… y ya no podía más.
No había dormido la noche anterior debido a otra crisis depresiva y ahora se sentía aletargado, le dolían los músculos de brazos y piernas y también el estómago; no había caído en cuenta que ya casi era mediodía y seguía tumbado entre las pesadillas revueltas de la cama.
Así había pasado muchas noches, llorando las más, divagando las menos. Y esas, las noches en que no lloraba, eran las peores, porque su mente daba saltos entre los temores del futuro y los odios del pasado, y a veces se sumergía en la inquietud de lo inefable.
Sentía el ambiente denso, y el calor vernal se disolvía junto con la rutina callejera en el ronroneo monótono de un ventilador sin tapa y su senil vaivén.
Un cúmulo de frustraciones, insultos, burlas, golpes y desamores, se convirtieron en un remolino de recuerdos en su cabeza. Apretó más fuerte el cráneo con ambas manos y explotó en llanto. Lloró y se maldijo. Lloró con la cara hundida en la almohada hasta quedarse dormido.
Cuando despertó deseó no haberlo hecho, y volvió a hundir la cara en la almohada. Sintió el calor de su respiración mezclándose con el aroma impregnado en el almohadón, una amalgama de sudor, grasa capilar y saliva fétida. Es el olor rancio de la vida que se me desprende, pensó.
Se giró para colocarse sobre el costado izquierdo y poder observar el reloj que tenía sobre el buró, y justo en ese momento escuchó la campana llamando a la misa de las cinco en el Santuario de Guadalupe, a un par de cuadras de esa vecindad de marginados enclavada en el corazón de la progresista ciudad. A esa hora ya estaría María, la del cuarto que da al callejón, vistiéndose la minifalda que le aprieta las nalgas y el top en el que apenas le caben las chichis para irse a meserear a La Herradura, y con suerte pueda sacar un extra con alguno de los borrachos habituales. Mientras que en el cuarto contiguo al suyo, ya estaría la señora Inda alistándole a su marido el traje de mariachi al mismo tiempo que le prepara algo de comer para que se fuera a hacer guardia al mercadito, punto tradicional de reunión para los músicos locales.
Se revolcó en la cama más con la intención de sacudirse las ideas que de sacudirse la pereza, y una punzada en el coxis le advirtió que ya era mucho estar acostado. Se incorporó con pesar hasta quedar sentado y al poner los pies en el suelo lo sintió húmedo, no recordaba qué era aquel líquido ni cómo se derramó, pero no le dio más vueltas al asunto. Observó una cochinilla que cruzaba la habitación, y que al llegar al otro extremo se unió a una hilera de hormigas y se perdió entre ellas debajo de un mueble. Siguió absorto en el ir y venir de los bichitos hasta que lo sobresaltó la estruendosa carcajada de una vecinita que jugueteaba con el novio en la azotea. De puta te vas a quedar mijita, le espetó, aunque las palabras se disolvieron en la ventana.
Se levantó y sintió como si le apretaran la cabeza haciendo presión en los oídos, y al llevarse las manos a las sienes ondearon el piso y las paredes y se tambaleó ligeramente, pero caminó hacia el baño y esa sensación fue aminorando. Al verse en el espejo se percibió feo, se vio como la cosa horrible que su madre le dijo que era desde que le confesó su secreto, y se odió.
Sus facciones eran toscas. Miró su cabellera en molote, maltratada por tantos tintes y productos con los que intentaba irónicamente hacerla lucir mejor, miró las huellas del acné en aquel rostro graso y sudoroso, hizo un recorrido visual cual dedicado cartógrafo escudriñando cada imperfección de su piel desde la mejilla izquierda bordeando por la frente hasta la mejilla derecha, se revisó los amarillosos y desalineados dientes, miró su desproporcionado bigote de pelos gruesos que apenas brotaban, y unos vellitos que sobresalían de la nariz… Se asqueó de sí mismo y bajó la cara, y se percató que una cucaracha lo observaba desde el desagüe del lavabo. Abrió la llave del agua por unos segundos, hasta constatar que el insecto había desaparecido en la cañería.
Se bajó los calzones y empezó a orinar contemplando las manchas en el retrete. Se le ocurrió que así había sido toda su vida, como un excusado al que se le van acumulando las manchas de mierda hasta volverlo horrible, un objeto emético. Apretó su pene con fuerza, y en una vorágine de dolor y placer se decidió. Con los calzones abajo fue hasta la cocina y de la alacena sacó un cuchillo grande, regresó al baño y volvió a encararse en el espejo, notando los relieves de tono café en su mirada. Ya no quiero ser esto, se dijo; ya no quiero ser esto, reafirmó ya en un sollozo ahogado. Unas lágrimas se escabulleron por la comisura de los párpados y se mezclaron con el sudor que había empezado a fluir más abundantemente de su frente. Con mano temblorosa acercó la punta del cuchillo a la piel y empezó a hundirlo lenta pero firmemente, la sangre brotó al mismo tiempo que un chillido rompía el pesado silencio y hacía eco en la humedad de aquel baño. Conforme la navaja se abría paso, él lloraba, pero no de dolor, sino de una enferma satisfacción.
Un trozo de carne cayó al retrete y con el chapoteo despertó de su abstracción, y sus ojos enrojecidos se trastornaron. Un profundo arrepentimiento y culpa lo sacudieron al contemplar aquella pieza sanguinolenta. Bajó la palanca y dejó caer el cuchillo al suelo. La sangre borboteaba del tajo que se había hecho, hizo bola una toalla y taponeó la herida, pero pronto quedó empapada. Le surgió el miedo arremolinándose en el vientre y le pidió perdón a Dios, al mismo dios que su madre le aseguraba que nunca lo recibiría en el cielo por ser un enfermo. Tuvo que tomar otra toalla y pensó que moriría ahí, desangrado y con los calzones en los tobillos.
Intentó correr pero resbaló con la sangre y cayó de rodillas, dio tres gateadas y se levantó. Salió pidiendo ayuda y dando alaridos, compitiendo con la música que emanaba del taller de enfrente. En el patio estaban unos vecinos que se asustaron al verlo. Una ambulancia, gritó, pidan una ambulancia. Qué te pasó. Una ambulancia, insistía. Es mucha sangre, no para de salir. Me voy a morir, se lamentaba. Pero qué te pasó, repetían sin entender los vecinos mientras ya llamaban a la Cruz Roja. Un hombre se le acercó con la mirada fija en la toalla. Cuando lo tuvo a unos centímetros le dijo: el pene. Qué te pasó, insistió con labios temblorosos el hombre. Me lo corté. Y una mueca que parecía una sonrisa extraña se dibujó en su rostro.