No
podía más, ya no lo soportaba. Se llevaba las manos a los cabellos y apretaba
hasta que doliera. Ya no podía más. Cargaba con esa frustración desde la
infancia, cuando se descubrió diferente… y ya no podía más.
No
había dormido la noche anterior debido a otra crisis depresiva y ahora se
sentía aletargado, le dolían los músculos de brazos y piernas y también el
estómago; no había caído en cuenta que ya casi era mediodía y seguía tumbado
entre las pesadillas revueltas de la cama.
Así
había pasado muchas noches, llorando las más, divagando las menos. Y esas, las
noches en que no lloraba, eran las peores, porque su mente daba saltos entre
los temores del futuro y los odios del pasado, y a veces se sumergía en la
inquietud de lo inefable.
Sentía
el ambiente denso, y el calor vernal se disolvía junto con la rutina callejera
en el ronroneo monótono de un ventilador sin tapa y su senil vaivén.
Un
cúmulo de frustraciones, insultos, burlas, golpes y desamores, se convirtieron
en un remolino de recuerdos en su cabeza. Apretó más fuerte el cráneo con ambas
manos y explotó en llanto. Lloró y se maldijo. Lloró con la cara hundida en la
almohada hasta quedarse dormido.
Cuando
despertó deseó no haberlo hecho, y volvió a hundir la cara en la almohada. Sintió
el calor de su respiración mezclándose con el aroma impregnado en el almohadón,
una amalgama de sudor, grasa capilar y saliva fétida. Es el olor rancio de la
vida que se me desprende, pensó.
Se
giró para colocarse sobre el costado izquierdo y poder observar el reloj que
tenía sobre el buró, y justo en ese momento escuchó la campana llamando a la
misa de las cinco en el Santuario de Guadalupe, a un par de cuadras de esa
vecindad de marginados enclavada en el corazón de la progresista ciudad. A esa
hora ya estaría María, la del cuarto que da al callejón, vistiéndose la
minifalda que le aprieta las nalgas y el top en el que apenas le caben las
chichis para irse a meserear a La Herradura, y con suerte pueda sacar un extra
con alguno de los borrachos habituales. Mientras que en el cuarto contiguo al
suyo, ya estaría la señora Inda alistándole a su marido el traje de mariachi al
mismo tiempo que le prepara algo de comer para que se fuera a hacer guardia al
mercadito, punto tradicional de reunión para los músicos locales.
Se
revolcó en la cama más con la intención de sacudirse las ideas que de sacudirse
la pereza, y una punzada en el coxis le advirtió que ya era mucho estar
acostado. Se incorporó con pesar hasta quedar sentado y al poner los pies en el
suelo lo sintió húmedo, no recordaba qué era aquel líquido ni cómo se derramó,
pero no le dio más vueltas al asunto. Observó una cochinilla que cruzaba la
habitación, y que al llegar al otro extremo se unió a una hilera de hormigas y
se perdió entre ellas debajo de un mueble. Siguió absorto en el ir y venir de
los bichitos hasta que lo sobresaltó la estruendosa carcajada de una vecinita que
jugueteaba con el novio en la azotea. De puta te vas a quedar mijita, le
espetó, aunque las palabras se disolvieron en la ventana.
Se
levantó y sintió como si le apretaran la cabeza haciendo presión en los oídos,
y al llevarse las manos a las sienes ondearon el piso y las paredes y se
tambaleó ligeramente, pero caminó hacia el baño y esa sensación fue aminorando.
Al verse en el espejo se percibió feo, se vio como la cosa horrible que su
madre le dijo que era desde que le confesó su secreto, y se odió.
Sus
facciones eran toscas. Miró su cabellera en molote, maltratada por tantos
tintes y productos con los que intentaba irónicamente hacerla lucir mejor, miró
las huellas del acné en aquel rostro graso y sudoroso, hizo un recorrido visual
cual dedicado cartógrafo escudriñando cada imperfección de su piel desde la
mejilla izquierda bordeando por la frente hasta la mejilla derecha, se revisó
los amarillosos y desalineados dientes, miró su desproporcionado bigote de
pelos gruesos que apenas brotaban, y unos vellitos que sobresalían de la nariz…
Se asqueó de sí mismo y bajó la cara, y se percató que una cucaracha lo
observaba desde el desagüe del lavabo. Abrió la llave del agua por unos
segundos, hasta constatar que el insecto había desaparecido en la cañería.
Se
bajó los calzones y empezó a orinar contemplando las manchas en el retrete. Se
le ocurrió que así había sido toda su vida, como un excusado al que se le van
acumulando las manchas de mierda hasta volverlo horrible, un objeto emético. Apretó
su pene con fuerza, y en una vorágine de dolor y placer se decidió. Con los
calzones abajo fue hasta la cocina y de la alacena sacó un cuchillo grande,
regresó al baño y volvió a encararse en el espejo, notando los relieves de tono
café en su mirada. Ya no quiero ser esto, se dijo; ya no quiero ser esto,
reafirmó ya en un sollozo ahogado. Unas lágrimas se escabulleron por la
comisura de los párpados y se mezclaron con el sudor que había empezado a fluir
más abundantemente de su frente. Con mano temblorosa acercó la punta del
cuchillo a la piel y empezó a hundirlo lenta pero firmemente, la sangre
brotó al mismo tiempo que un chillido rompía el pesado silencio y hacía eco en
la humedad de aquel baño. Conforme la navaja se abría paso, él lloraba, pero no
de dolor, sino de una enferma satisfacción.
Un
trozo de carne cayó al retrete y con el chapoteo despertó de su abstracción, y
sus ojos enrojecidos se trastornaron. Un profundo arrepentimiento y culpa lo sacudieron
al contemplar aquella pieza sanguinolenta. Bajó la palanca y dejó caer el
cuchillo al suelo. La sangre borboteaba del tajo que se había hecho, hizo bola
una toalla y taponeó la herida, pero pronto quedó empapada. Le surgió el miedo
arremolinándose en el vientre y le pidió perdón a Dios, al mismo dios que su
madre le aseguraba que nunca lo recibiría en el cielo por ser un enfermo. Tuvo
que tomar otra toalla y pensó que moriría ahí, desangrado y con los calzones en
los tobillos.
Intentó
correr pero resbaló con la sangre y cayó de rodillas, dio tres gateadas y se
levantó. Salió pidiendo ayuda y dando alaridos, compitiendo con la música que
emanaba del taller de enfrente. En el patio estaban unos vecinos que se
asustaron al verlo. Una ambulancia, gritó, pidan una ambulancia. Qué te pasó.
Una ambulancia, insistía. Es mucha sangre, no para de salir. Me voy a morir, se
lamentaba. Pero qué te pasó, repetían sin entender los vecinos mientras ya
llamaban a la Cruz Roja. Un hombre se le acercó con la mirada fija en la
toalla. Cuando lo tuvo a unos centímetros le dijo: el pene. Qué te pasó,
insistió con labios temblorosos el hombre. Me lo corté. Y una mueca que parecía
una sonrisa extraña se dibujó en su rostro.