mayo 29, 2021

Aquel bulto

Cuando su hermano lo abrazó y lo lanzó al suelo fue como si hubiera despertado abruptamente de un profundo sueño, como el sobresalto tras una pesadilla. Qué hiciste, David; le escuchó. Pero no entendió la pregunta. Y en ese momento sintió que se le iba el dolor de cabeza que le había atormentado.
Miró a su hermano durante unos minutos sin entender qué hacía: Joel estaba sobre aquel bulto inerte, palpándolo desesperado, y sollozaba. Pero su visión era borrosa y estaba confundido. Se sentía muy cansado y le dolían las manos y la cara. Su hermano soltó un grito lastimero, y se estremeció.
Joel se giró y se abalanzó sobre él tomándolo de la camiseta. Qué hiciste, David; volvió a preguntarle. Mírame, te das cuenta de lo que hiciste, le insistió.
Ahora, David estaba confundido y asustado. Su hermano le gritaba con los ojos encendidos y no entendía porqué. Pensó que lo golpearía, como cuando eran unos niños y le hacía alguna travesura. Pero no, Joel sólo lo sacudió un par de ocasiones y lo dejó ahí tendido en el suelo.
Su hermano se levantó y salió apresurado. Veía alrededor y no podía ubicar en qué habitación estaba, tenía la impresión de que la casa parecía más oscura de lo que realmente era, aunque estaba seguro que aún no anochecía. Y veía aquel bulto en el suelo, a unos metros de él, pero tampoco podía distinguir qué era.
Me va a regañar mi mamá, pensó. Mi hermano me fue a acusar y ella me va a regañar. Quiso incorporarse pero le pesaban las extremidades. También sentía la cabeza enorme y pesada. Respiraba denso, y percibió un aroma extraño. Aflojó todo el cuerpo y se quedó tendido con la vista en el techo. Un delgado rayo de luz que entraba quién sabe por dónde atravesaba la habitación, y en él danzaban cientos de figurillas microscópicas.
Un susurro que salió de la nada le estremeció: lo hiciste, David. Vete, le ordenó con labios temblorosos. Se llevó las manos a la cabeza y sintió que le punzaba, aunque ya no le dolía. Vete y no vuelvas, se lamentaba, ya no vuelvas.
Sintió una opresión en el pecho por un instante, y de repente recordó que esa mañana había desayunado huevos con pan tostado y su madre le había pedido que le hiciera un mandado del que no se acordaba. Y recordó que también estaba su sobrino en la casa. Cuando su hermano regresó se sentó en algo que estaba entre él y aquel bulto, pero no distinguía si era un sillón o una cama. Era muy raro no saber dónde estaba, porque sabía que estaba en su casa. Su hermano estaba inclinado hacia adelante y tenía las manos en la cara. Por ahí anda el niño, Joel, debe estar jugando. Su hermano incorporó el torso y se encontró con un semblante inexpresivo. El niño está con el vecino, David, dice que tuvo que escapar por el patio, brincándose la barda. David se rio como si le hubieran contado un chiste.
El silencio se espesó en la habitación por un minuto. La voz regresó hoy, soltó David como quien confiesa un pecado que le avergüenza mucho. Su hermano lo miró con una mezcla de miedo, pasmo y repulsión en el gesto. La maldita voz regresó, repitió mientras se daba tres golpecitos en los parietales con ambas manos. Pero la callé, afirmó con un dejo de orgullo. Joel lo miró fijamente hasta que se levantó con violencia y lo pateó con todas sus fuerzas. Mira lo que hiciste, David; le gritó furioso.
David lloraba y se retorcía, de dolor y de miedo. Por fin lo hiciste, David. Volvió a escuchar el susurro que provenía de ninguna parte. Por fin lo hiciste, mira aquel bulto, mira lo que hiciste. Apenas entreabrió los ojos temiendo otra patada de su hermano, y cuando clavó la mirada en aquel bulto pudo ver con claridad, y todo quedó claro incluso en su mente. Recordó que le había gritado y recordó la mirada de terror de su madre y de su sobrino. Recordó el crujir de sus nudillos cuando le asestó el primer puñetazo, y la fuerza expansiva del golpe subiéndole por el brazo. Recordó el golpe seco que recibió con aquel santo de porcelana que le estalló en la cara. Recordó los gritos de su madre y de su sobrino. Recordó que le persiguió tropezando con todo hasta que le derribó. Recordó que se le echó encima y le golpeó el rostro una y otra vez mientras él recibía manazos y aruñazos. Recordó que le rodeó el cuello con ambas manos y apretó hasta que le dolieron los dedos. Recordó que le estrelló la cabeza contra el suelo cuando ya no había resistencia. Y recordó que siguió lanzando puñetazos hasta machacarle la cara, hasta escuchar cómo se resquebrajaban los huesos y cómo chapaleaban sus puños al chocar con aquella masa de carnes blandas y sangre. Se quedó petrificado.
Mira lo que hiciste, David; le reclamó su hermano. La mataste. Mataste a mamá.