julio 18, 2022

Catarsis

Detuvo la camioneta junto a la barda del residencial, ubicado en las afueras de la ciudad, oscurecía y ya se sentía el fresco de otoño. Entonces qué cabrón, preguntó Abel pasándole el brazo sobre los hombros. No lo sé güey, respondió Rubén. Abel abrió la guantera y sacó una bolsita de plástico que contenía un polvo blanco, mientras Rubén sacaba otro bote de cerveza de una pequeña hielera que estaba entre sus pies. Hubo sonrisas de complicidad.
Uno rompía la bolsita con los dientes y el otro hacía sonar la lata con un psshh; uno persuadía asegurando que sería fácil porque lo tenía bien planeado, y el otro escuchaba emitiendo un largo gluglú; uno aspiraba un poco de aquel polvo para después ofrecérselo al otro, y éste sonreía nervioso pero se animó a esnifar. Abel prometió que si el jale salía bien le tocaría una buena feria pero además le daría la camioneta, y el dejo de nerviosismo en la sonrisa de Rubén se transformó en convicción. Le dio instrucciones de quedarse escondido entre los matorrales hasta la hora precisa en la que debía saltar la barda, señalándole que ya se había encargado del perro y no estaría en el patio de la casa. Le dejó la bolsita con el polvo blanco, y se fue.
Rubén pasó unas cinco horas agazapado entre las matas, entreteniéndose con el brote paulatino de las estrellas y el rastro de un par de aviones que cruzaron el cielo, que estaba despejado y sin luna. Ningún vehículo transitó por aquella terracería durante ese tiempo. Así de solo debe sentirse uno cuando lo levantan y lo tiran en el monte, pensó. Sintió un escalofrío, e inhaló un poco más del polvo blanco. Repasó el plan mentalmente, varias veces, imaginando diversas complicaciones durante el crimen y distintas situaciones futuras. En la mayoría se visualizó disfrutando la recompensa prometida, y frustraba cualquier pensamiento negativo, como la posibilidad de que los descubrieran y terminaran en la cárcel, reclamándose que pensarlo así era atraerlo, era llamar a la mala suerte.
Llegada la hora acordada se le aceleró el latir y volvió a aspirar polvo. Se le encendió la mirada y el instinto salvaje. Observó que no hubiera alguien por ahí, y trepó la barda. Sentía que cualquier pequeño ruido retumbaba en aquel profundo silencio, y mantenía la mandíbula apretada como si con ello pudiera apagar todos los sonidos que producía. Al caer en el patio lo primero que hizo fue mirar hacia el sitio donde dormía el perro de la casa, sólo para confirmar lo que había dicho su amigo, el perro no estaba. Rubén se arrastró hacia un rincón oscuro y ahí se sentó a esperar. Unos minutos después escuchó que la puerta se abría. Era como si el corazón le rebotara en el pecho y sintió el estómago revuelto. Todo malestar se disipó cuando Abel apareció de entre las sombras y le hizo una seña, traía un cuerno en la mano derecha. Ya no hay vuelta atrás, dijo éste, y el otro asintió. Abel le entregó el fusil, y cuando Rubén lo tuvo en las manos sintió un impulso eléctrico que le recorrió el cuerpo y se le arremolinó en el pecho convertido en una satisfactoria sensación de poder. Jálale bien seguro, le ordenó. Y esperaron junto a la puerta.
Se escuchó el motor de una avioneta que se acercaba, y cuando pasó sobre ellos Abel abrió la puerta de la casa y ambos entraron. El aparato empezó a sobrevolar en círculos sobre ese asentamiento, pero a Rubén ni siquiera se le hizo raro que un avión estuviera en esa zona a esa hora, caminaba ansioso pero con sigilo detrás de Abel, aunque sí le llamó la atención una figura de la Santa Muerte acomodada en un mueble de la sala de tal forma que parecía vigilar desde ahí toda la habitación. La casa estaba impecablemente ordenada, la decoración era sobria y con toques minimalistas, con objetos caros para aparentar cierto nivel de lujo. Abel susurró que todos estaban dormidos, y así en susurros dio la última instrucción, que disparara primero al pecho y después rematara en la cabeza. Subieron de puntitas las escaleras.
Abel señaló la puerta de la recámara principal, y durante los pocos pasos que dieron hacia ella Rubén sintió que cada pisada hacia crujir estruendosamente el piso. No se había percatado que estaba totalmente sudado hasta que abrieron la puerta y el fresco del aire acondicionado le golpeó como una tormenta invernal. Abel apuntó al interior de la habitación con la mano izquierda como cuando el cazador envía a su perro contra la presa, y Rubén apenas entró, observando en la cama a un hombre de complexión gruesa y una mujer rubia, y una niña pequeña entre ellos. También la niña, escuchó que le dijo Abel casi en un aliento muy cerca de su oreja, como si fuera una voz adentro de su cabeza. Rubén miró fijamente a la niña. Ya no hay vuelta atrás, se repitió mentalmente. Y un ronquido del hombre lo sobresaltó. Tomó el arma con fuerza y la descargó contra los tres cuerpos, haciendo botar la sangre y trozos de carne por todas partes. Abel veía la escena sobre los hombros de Rubén, con los ojos muy abiertos y llenos de ira. La ráfaga coincidió curiosamente con el motor de la aeronave, que en ese preciso momento volvió a pasar justo sobre la casa, pero se alcanzaron a escuchar gritos en otra habitación.
Abel le dio otro cargador a Rubén y le dijo que faltaban dos. Caminó por el pasillo hacia la habitación donde se habían escuchado gritos y le hizo una seña a Rubén para que esperara. Abel entró y miró que las dos camas individuales estaban vacías. Avisó en voz baja que era él y pidió que no tuvieran miedo. Unas vocecillas le hablaron desde un balcón. Cuando llegó ahí encontró a dos adolescentes muy parecidas a la mujer que acababan de asesinar. Estaban agazapadas en un rincón. Sollozaban y temblaban de miedo. Abel se acuclilló y las abrazó. Le preguntaron qué había pasado y él les dijo que todo estaba bien, que sólo había sido un ruido, y les dijo que las iba a llevar a la cama. 
Abel condujo a las adolescentes hacia sus camas. Ellas caminaban temblorosas y recorrieron todo el cuarto con la mirada hasta que ambas clavaron la vista en la puerta, que estaba entreabierta. Era como si percibieran la presencia de Rubén oculto en las sombras del pasillo. Abel les dijo que no tuvieran miedo y las acostó, cubriéndolas totalmente con los edredones. Ellas se quedaron así, bajo las mantas, sollozando y temblando de miedo, esperando que sucediera lo que tenía que pasar, porque sabían que algo malo pasaba, aunque no sabían exactamente qué. Mientras caminó hacia la puerta, Abel se frotó las manos, y ya en el pasillo le hizo una seña a Rubén, que con un par de pasos se posicionó en la puerta de la habitación y disparó. Abel miró de soslayo la ejecución, con la sonrisa del malvado que se impone a un enemigo. Las balas rompieron los mantos y se anidaron en aquellos bultos, tiñéndolos de rojo, otra vez al unísono con el motor de la avioneta, que Rubén pensó que imaginaba, porque cuando soltó el gatillo se fue apagando y no volvió a escucharle.
Ambos bajaron las escaleras, Abel con una maleta que sacó quién sabe de dónde. Se sentaron en la sala y guardaron el rifle en la valija. Ya te tienes que ir, le dijo Abel a Rubén. Le recordó que debía volver a saltar la barda y caminar por la terracería hasta la carretera, donde podría pedir un taxi o esperar a que pasara un camión. Nadie sospecharía porque a esa hora ya empezaban a salir trabajadores y estudiantes rumbo a la ciudad. Rubén sacó de un bolsillo la bolsita con polvo blanco, se sirvió un poquito sobre el dorso de una mano y lo aspiró. Abel sacó unos billetes de su cartera y se los entregó señalándole que sólo era un adelanto. Cargó con la maleta y condujo a Rubén hacia el patio. Éste volvió a saltar la barda y Abel le pasó el equipaje. Ninguno habló, no se despidieron ni con alguna seña. Sólo falta que este pendejo la cague, pensó Abel mientras regresaba a la casa.
Entró de nuevo y cerró con seguro. El vidrio de la puerta estaba empañado por la brisa nocturna, y viendo absorto hacia la barda que acababa de saltar Rubén, Abel dio un respiro profundo, como liberándose de una carga muy pesada. Fue a la cocina y sacó una Pacífico del refrigerador, buscó un destapador en la alacena, en el cajón a la izquierda del fregadero, destapó la botella y aventó el utensilio hacia el escurridor de la loza. Bebió un trago largo, saboreando. Se dirigió a la sala y se tumbó en el que fuera el sillón favorito del dueño de la casa, y de un jalón se bebió el resto de la cerveza. Se desparramó en el asiento y dejó que la botella resbalara lentamente de sus dedos. El golpe del cristal contra el suelo retumbó en el silencio mortuorio atrapado entre las paredes, pero Abel no se perturbó. Había clavado la mirada en el techo, en el efecto del foco que, con su luz amarilla y sus sombras tenues, hacia resaltar algunas grietas y manchas. Se quedó ahí, como en estado catatónico, hasta que sus pensamientos empezaron a enmarañarse con todo el resentimiento que había ido acumulando, y el odio fue transformando su rostro. Estalló en un grito de furia y se levantó abruptamente. Con la violencia del movimiento su pie izquierdo golpeó la botella en el suelo, haciéndola girar sobre su eje, y ésta fue a dar contra un unicornio de peluche bajo el otro sillón.
Volvió a subir las escaleras, ahora con paso firme y con las manos apuñadas. Entró a la recámara principal y se plantó frente a la cama. Te chingaste cabrón, gritó al cuerpo inerte del hombre robusto. Un llanto de cólera y de liberación brotó de todo su ser. Con esto queda vengada la muerte de mi mamá, le escupió. Porque ella se mató por tu culpa, le acusó. Por tu culpa y la de esta puta, le señaló. Y yo me quedé solo, sollozó. Lloró en silencio un par de minutos, hasta que tomó aire para no ahogarse, y luego se limpió las lágrimas del rostro con ambas manos. Desde que ella murió me quedé solo porque tú dejaste de ser mi papá, le reclamó. Y metiste a esta puta a la casa de mi madre, le reclamó. Y la metiste a la cama de mi madre, le reclamó. Y preferiste a sus bastardas que a mí, le reclamó. Pero ya te chingaste, exhaló. Y se fue a su cuarto a dormir.

marzo 12, 2022

A los golpes

Apretó las manos sintiendo el forro de los guantes y el ajustado vendaje, y asintió ligeramente en una señal de aprobación para sí mismo. Sólo una más nomás para salir del apuro, se dijo. Una gota de sudor le resbaló de la sien derecha.
El lugar estaba lleno, y el bullicio del graderío, los sonidos del ring y los otros ruidos del ambiente se unían como una melodía con métrica sincopada. Cuatro décadas atrás, aquella arena había sido nombrada Catedral del Boxeo de la progresista ciudad, y ahora revivía tras casi quince años de abandono, aunque no toda su estructura había sido restaurada o remozada, y cuando se apagaban las luces y cerraban sus puertas volvía a convertirse en un cuerpo muerto enclavado en el otrora barrio bravo de La Cuchilla.
Chíngatelo, vociferó una cara conocida que se acercó al entarimado. Respondió la arenga sólo levantando un puño en señal de victoria. Su manejador lo espabiló colocándole el protector bucal, y el réferi los llamó al centro del cuadrilátero. Mientras caminaba puso atención al inusual esponjado de la lona, se detuvo a un metro del rival y se topó con una mirada inexpresiva, y sostuvieron ese intercambio intimidatorio mientras escuchaban las reglas del árbitro. Quiero una pelea limpia, les dijo. No quiero golpes abajo del cinturón ni en la nuca, les dijo. Si ordeno que se detengan dejen de lanzar golpes y den un paso atrás, les dijo. Y les ordenó que chocaran los puños.
En tus manos me encomiendo Señor, rezó mientras regresaba a su esquina y se persignó al llegar. Su manejador le dio una palmada en el hombro y se escurrió por entre las cuerdas. Se giró y volvió a encontrarse con la mirada inexpresiva del rival. Y sonó la campana.
A darle, se animó. Hundió los dientes en el hule y se lanzó al frente con el brazo izquierdo como lanza. Cuando sintió que ya estaba en su distancia soltó la derecha más como una advertencia que como una ofensiva, y la replegó mientras su rival retrocedía. Punzando la zurda avanzó dos pasos más, pero cuando pensó que ya casi tenía al rival acorralado en una esquina vio salir un jab quién sabe de dónde y lo recibió pleno en la boca. Apretó la mandíbula y los labios adoloridos, subió las manos y se dejó ir. Ya en corto, clavó un ganchito al costado y lanzó un volado de derecha que estrelló en la mejilla. Escuchó el crujir de huesos y la exhalación abrupta provocados por el golpe. El impacto fue sólido y pensó que había hecho daño. El rival le echó los brazos encima y lo jaló a la esquina, y ahí se enconchó sujetándole el brazo derecho para inhabilitarlo unos segundos. Lanzó la zurda a como pudo y a donde fuera mientras intentaba sacar el brazo.
Cuando se liberó dio un par de pasos atrás y le echó una miradita de reclamo al réferi. El rival seguía esperándolo en la esquina, así que subió la guardia y se dejó ir otra vez, pero se volvió a topar con un jab que el rival le recargó en la guardia para luego escaparse por su flanco izquierdo. Boxéalo, le ordenaron desde la esquina al rival. Lo persiguió lanzando esporádicas ofensivas que no llegaban a destino, mientras aquel jab le seguía llegando por todos lados. Otra vez calculó que podía encajonar al rival en una esquina y se aventó hacia él, capeó un par de jabs pero cuando ya estaba en cortito le entró un óper de derecha al mentón. Sintió como si una corriente eléctrica le subiera de las cervicales al cerebro, y la cabeza le punzó de dolor tres veces mientras recompuso el cuerpo luego de la sacudida por el trancazo.
El rival seguía parado en la esquina, y se dejó ir otra vez. Esquivó un par de golpes y llegó a tocarle el pecho, ahí lanzó la derecha en una larga curva desde atrás de su espalda pasando sobre su hombro para luego dejarla caer, y asestó justo en el ojo izquierdo. Sintió el hueso de la ceja aplastarse contra el acolchado del guante. Por instinto abrió la zurda para rematar en gancho, pero fue él quien recibió un gancho de derecha y le estalló en la sien. Fue como si le hubiera explotado un petardo adentro del cráneo, y apareció un zumbido en los oídos. Giró trastabillante pero alcanzó las cuerdas y se recargó en ellas para no caer. Vio un bulto acercarse y subió ambos puños para protegerse. Un guantazo le resbaló por el hombro derecho y le rozó la nuca. Otro se estrelló en su muñeca izquierda y casi lo hizo perder la compostura. Dio un par de pasos para alejarse del rival y se asomó por entre los puños, estaba en el centro del ring. El rival avanzó hacia él. Un jab fuerte le abrió la guardia y apenas alcanzó a ver un recto de derecha antes de chocar con su cara. Le reventó la nariz y lo aventó hacia atrás, pero chocó con las cuerdas y otra vez recargó el cuerpo para no caer. Percibió un olor como a fierro oxidado. Sentía las piernas débiles y el estómago revuelto. De reojo miró otra vez al rival aproximarse, y balanceó el cuerpo para tratar de evitar las ofensivas. Muévete, escuchó que le gritó su entrenador. Y se escabulló hacia su lado izquierdo.
Se dio cuenta que la vista se le nublaba, pero pensó que había humo de cigarrillos que llegaba desde las butacas. Sentía que sus movimientos eran torpes, como si estuviera entumido de brazos y piernas. Cuando tuvo al rival de nuevo encima no pudo reaccionar. Fue zarandeado con una zurda y una derecha. Sintió que se iba de bruces pero alcanzó a abrazarse del rival. Se sujetó de él con fuerza. Parecían dos enamorados en la pista de baile al son de una balada de chiflidos. El réferi llegó para separarlos. No te abraces, le reprendió. Y le respondió sólo asintiendo con la cabeza, o al menos esa fue la orden enviada desde su cerebro en forma de estímulos nerviosos hacia los músculos de su cuello, pero el movimiento fue ligero.
Rebotó en piernas para reactivar brazos y piernas, y subió la guardia. Respiró profundo, se afianzó en el pie trasero y decidió ahora esperar al rival. Éste avanzó y con un jab al pecho lo echó hacia atrás. Sintió las cuerdas en las nalgas y se agazapó. Balanceaba el dorso. Vio un swing de derecha y pensó quitárselo con el rolling, pero el cuerpo no le respondió a la misma velocidad y le impactó en el pómulo. Doblado por el porrazo, se cubrió toda la cabeza con los dos brazos. Entonces le entró un gancho a la zona hepática. Le sacó el aire, se le contrajeron las tripas, y sintió que se le aflojaba el esfínter. Dio algunos pasos de costado, alejándose del rival y tomando aire. Sentía que le dolía toda la cara, que la cabeza se le había inflamado al doble de su tamaño, que las tripas se le habían hecho nudo, y respiraba con dificultad. Entra recibe y sal, berreó divertido un aficionado con voz aguardientosa al que algunos le festejaron.
Rebotó otra vez en piernas y esperó con la guardia arriba. El rival le hizo finta de buscar otro ganchito al hígado, pero le lanzó un volado de derecha y se lo dio arribita de la sien. Entonces miró que sí le iba un gancho y apretó el abdomen, pero el golpe se estrelló con poca fuerza en el costado. Dedujo que se trataba de un ardid y se asomó apenas por entre los guantes. Le entró otro óper, a la barbilla. La cabeza se le fue totalmente hacia atrás y vio danzar las luces del techo. Echó los brazos hacia adelante para volver a colgarse del rival, y éste se sacudió como un toro que busca tumbarle el capote al matador, pero se le enredó con firmeza. El réferi entrometió sus brazos para separarlos y las mangas de la camisa quedaron empapadas del sudor de ambos contendientes, empezaba junio pero el calor ya era estival. Venga, les animó. 
Quiso ganarle el jalón al rival y se dejó ir. Llevaba preparada la derecha para soltarla con fuerza, pero el jab volvió a sorprenderlo clavándosele en el pómulo izquierdo, que ya traía un poco inflamado. Intentó avanzar otra vez, y de nuevo el jab, ahora justo en el entrecejo. Chingado, se fustigó mentalmente. Dio un paso atrás y el rival caminó a su izquierda, se detuvo y regresó por su derecha, entonces le lanzó un kilométrico mandarriazo de zurda que el rival evitó con un ligero movimiento de cintura. Recompuso el cuerpo y reacomodó la guardia. Avanzó hacia el rival fintando con un jab al pecho para meterse en corto, pero fue recibido con otro óper, que se le atascó en la garganta. Sintió que se ahogaba y jaló aire mientras se le encaramaba al rival, pero éste lo empujó.
Faltaba poco para el final del round y el rival empezó a trabajar sobre piernas con una zurda punzante, que picaba y picaba mientras le perseguía frustrado lanzando bombazos que no llegaban a explotar. En una de las arremetidas le alcanzó a rozar la cara con el codo, y entonces fue el rival quien le abrazó, encimándole todo su peso, reposó un segundo y luego lo empujó con los dos brazos. Insistió al frente y un ganchito ascendente le aterrizó en la boca echándolo para atrás. Persistió, lanzándose con un volado de izquierda que se quedó en el hombro del rival, luego con un gancho de derecha que metió al costillar, y buscó rematar con un cruzado de zurda que fue esquivado. Con el impulso de ese último golpe fallido, se fue a estrellar con el poste de una de las esquinas. Se giró despacio, con la guardia desmayada.
Se le acababa el tiempo para tratar de revertir la percepción de los jueces. Movió brazos y piernas para estimular la circulación, dio un respiro profundo, y subió la guardia. Se dejó ir con un volado de derecha que aterrizó casi en la nuca. El rival se protegió echándose hacia atrás y recargándose en las cuerdas. Le lanzó una zurda al cuerpo pero se la bloqueó con el codo. Y aprovechando ese movimiento defensivo del rival, lanzó una derecha cortita que asestó en la mandíbula. El sonido del trompazo fue seco y le torció la cara, obligándolo a que otra vez fuera él quien buscara el abrazo. El rival se soltó empujándolo y huyó a la esquina más lejana, donde rebotó en piernas mientras le esperaba. Fue a por él, pero cuando ya estaba cerca, el rival se le fue encima con la cabeza por delante para ponérsela en el pecho y abrazarse a su cintura. Teniéndolo ahí doblado y sujetándolo, le golpeó el costillar con el puño derecho. No golpee, le gritó el réferi. Éste les separó. Cuando el rival se reincorporó tenía una gran sonrisa, mostrando su apodo plasmado en el protector bucal. Sonó el aviso de los diez segundos.
Se dejó ir ahora con un volado de izquierda, que el rival esquivó. Le marcó un jab mientras le perseguía y cuando preparaba la derecha vio que le iba un gancho de zurda. Lo evitó con el bending pero sintió que le rozó la frente. Aprovechando el impulso para levantar el dorso sacó un gancho de izquierda e impactó en la mejilla, entonces cruzó una derecha que metió al mentón y la sostuvo ahí empujándolo contra las cuerdas. El rival trató de sacudírselo y levantó los brazos, así que le clavó un gancho de derecha abajo de la axila. El golpe sonó bombo y al rival se le desdibujó el rostro, pero pudo dar un par de pasos y jaló aire por la boca. Sabía que lo había lastimado y saltó sobre él lanzando un volado de izquierda, alcanzando a golpear la barbilla de refilón. Y cuando se aprestaba a otro ataque sonó la campana. 
Bajó los brazos y la mirada, con facha de frustración. Su entrenador lo recibió en la esquina rociándole agua en la cabeza; siempre que su entrenador hacía eso evocaba el petricor. Se sentó en el banquillo y una mano le sacó el protector y otra le acercó una botella de plástico para ofrecerle agua. Dio un sorbo mientras su entrenador le decía que iba bien pero que debía ser más agresivo. Escuchó atento que debía anticipar aquel relampagueante jab y responderle por abajo con un ganchito al costado o cruzarlo por arriba contra la mandíbula, pero la voz de su entrenador se fue disolviendo. Volteó hacia las gradas y en la cuarta fila encontró a su esposa. Aquel semblante de sufrimiento le partió el alma, pero con un guiño y una sonrisa lo transformó. Sintió ganas de abrazarla y apretó los dedos adentro de los guantes. Un suave sopapo lo hizo regresar la cara al frente hasta chocar con el aliento de su entrenador. Le secaron el rostro y la cabeza con una toalla blanca que se llevó una mancha roja. Ponle huevos cabrón, le dijeron mientras se le untaba vaselina. Y apareció la mano con el protector y se lo introdujo en la boca. Otra vez desapareció el cuerpo robusto de su entrenador y volvió a tener enfrente a su rival. Se levantó, echado a su suerte, y apenas despegó las nalgas del banquillo se lo quitaron por entre las cuerdas. Se acercó al centro del ring con las manos abajo esperando el llamado del réferi y la campana. Rebotó en piernas, sacudió los brazos, y el cling sonó. 
Se aventuró de nuevo, como el Quijote en su alucinante búsqueda del destino, con las piernas trémulas del rocinante y la zurda en punta como lanza. Le marcó precisamente esa mano al rostro y el rival se echó en reversa, persiguiéndolo como el Quijote a los molinos de viento. Lanzó ataques que se desvanecieron en el aire mientras el rival iba y venía esperando el momento para contratacar. Soltó un volado de derecha que el rival esquivó con un movimiento de cintura, y entonces llegó el contragolpe con un gancho de izquierda que le impactó en la mejilla y le volteó la cara en un estallido seco, y sintió la tensión reactiva en toda la espalda para poder mantenerse erguido. Aventó todo el cuerpo hacia adelante y pudo sujetarse del rival, que le daba golpecitos a los costados. Cuando pasó la turbación, sacó la mano derecha y la lanzó a la cabeza, aunque sólo rozó los cabellos. Dio un par de pasos torpes hacia atrás, y en un fugaz recuento de daños notó que el cerebro le punzaba. Subió la guardia y volvió a la carga. Hubo un intercambio de jabs y una persecución en los rededores del ring. Otro jab relampagueante, y potente, volvió a achatarle la nariz y a aturdirlo. Aun así siguió persiguiendo aquel bulto al que le salían manos como látigos que le machacaban el rostro. Alcanzó a aterrizar un volado de derecha pero fue como si golpeara una almohada, sin fuerza, suave. En cambio, fue sacudido con un ganchito de izquierda. Empezó a sentir que las piernas le hormigueaban.
El rival le dio un empujoncito y sintió como si cayera, pero su cuerpo seguía vertical y quedó recargado en las cuerdas. Había perdido la noción del tiempo y del espacio, y deseó que aquello terminara. Una izquierda le atizó entre la sien y la oreja, pero la sintió como un mazo y le dolió toda la cabeza, aflojándole el cuerpo. La nuca chocó con una de las cuerdas y supo que iba inerte hacia el suelo, luego la cara se estrelló contra la lona. Su cuerpo giró por el impulso de la caída hasta quedar tendido bocarriba, y las luces del techo le parecieron más intensas que antes, casi cegadoras. Veía al réferi sobre él, moviendo la boca pero sin escucharle, sólo había un zumbido llano. Una lágrima se le escapó del ojo derecho. Algo se le apagó en el pecho, y se le cerraron los párpados.