julio 18, 2022

Catarsis

Detuvo la camioneta junto a la barda del residencial, ubicado en las afueras de la ciudad, oscurecía y ya se sentía el fresco de otoño. Entonces qué cabrón, preguntó Abel pasándole el brazo sobre los hombros. No lo sé güey, respondió Rubén. Abel abrió la guantera y sacó una bolsita de plástico que contenía un polvo blanco, mientras Rubén sacaba otro bote de cerveza de una pequeña hielera que estaba entre sus pies. Hubo sonrisas de complicidad.
Uno rompía la bolsita con los dientes y el otro hacía sonar la lata con un psshh; uno persuadía asegurando que sería fácil porque lo tenía bien planeado, y el otro escuchaba emitiendo un largo gluglú; uno aspiraba un poco de aquel polvo para después ofrecérselo al otro, y éste sonreía nervioso pero se animó a esnifar. Abel prometió que si el jale salía bien le tocaría una buena feria pero además le daría la camioneta, y el dejo de nerviosismo en la sonrisa de Rubén se transformó en convicción. Le dio instrucciones de quedarse escondido entre los matorrales hasta la hora precisa en la que debía saltar la barda, señalándole que ya se había encargado del perro y no estaría en el patio de la casa. Le dejó la bolsita con el polvo blanco, y se fue.
Rubén pasó unas cinco horas agazapado entre las matas, entreteniéndose con el brote paulatino de las estrellas y el rastro de un par de aviones que cruzaron el cielo, que estaba despejado y sin luna. Ningún vehículo transitó por aquella terracería durante ese tiempo. Así de solo debe sentirse uno cuando lo levantan y lo tiran en el monte, pensó. Sintió un escalofrío, e inhaló un poco más del polvo blanco. Repasó el plan mentalmente, varias veces, imaginando diversas complicaciones durante el crimen y distintas situaciones futuras. En la mayoría se visualizó disfrutando la recompensa prometida, y frustraba cualquier pensamiento negativo, como la posibilidad de que los descubrieran y terminaran en la cárcel, reclamándose que pensarlo así era atraerlo, era llamar a la mala suerte.
Llegada la hora acordada se le aceleró el latir y volvió a aspirar polvo. Se le encendió la mirada y el instinto salvaje. Observó que no hubiera alguien por ahí, y trepó la barda. Sentía que cualquier pequeño ruido retumbaba en aquel profundo silencio, y mantenía la mandíbula apretada como si con ello pudiera apagar todos los sonidos que producía. Al caer en el patio lo primero que hizo fue mirar hacia el sitio donde dormía el perro de la casa, sólo para confirmar lo que había dicho su amigo, el perro no estaba. Rubén se arrastró hacia un rincón oscuro y ahí se sentó a esperar. Unos minutos después escuchó que la puerta se abría. Era como si el corazón le rebotara en el pecho y sintió el estómago revuelto. Todo malestar se disipó cuando Abel apareció de entre las sombras y le hizo una seña, traía un cuerno en la mano derecha. Ya no hay vuelta atrás, dijo éste, y el otro asintió. Abel le entregó el fusil, y cuando Rubén lo tuvo en las manos sintió un impulso eléctrico que le recorrió el cuerpo y se le arremolinó en el pecho convertido en una satisfactoria sensación de poder. Jálale bien seguro, le ordenó. Y esperaron junto a la puerta.
Se escuchó el motor de una avioneta que se acercaba, y cuando pasó sobre ellos Abel abrió la puerta de la casa y ambos entraron. El aparato empezó a sobrevolar en círculos sobre ese asentamiento, pero a Rubén ni siquiera se le hizo raro que un avión estuviera en esa zona a esa hora, caminaba ansioso pero con sigilo detrás de Abel, aunque sí le llamó la atención una figura de la Santa Muerte acomodada en un mueble de la sala de tal forma que parecía vigilar desde ahí toda la habitación. La casa estaba impecablemente ordenada, la decoración era sobria y con toques minimalistas, con objetos caros para aparentar cierto nivel de lujo. Abel susurró que todos estaban dormidos, y así en susurros dio la última instrucción, que disparara primero al pecho y después rematara en la cabeza. Subieron de puntitas las escaleras.
Abel señaló la puerta de la recámara principal, y durante los pocos pasos que dieron hacia ella Rubén sintió que cada pisada hacia crujir estruendosamente el piso. No se había percatado que estaba totalmente sudado hasta que abrieron la puerta y el fresco del aire acondicionado le golpeó como una tormenta invernal. Abel apuntó al interior de la habitación con la mano izquierda como cuando el cazador envía a su perro contra la presa, y Rubén apenas entró, observando en la cama a un hombre de complexión gruesa y una mujer rubia, y una niña pequeña entre ellos. También la niña, escuchó que le dijo Abel casi en un aliento muy cerca de su oreja, como si fuera una voz adentro de su cabeza. Rubén miró fijamente a la niña. Ya no hay vuelta atrás, se repitió mentalmente. Y un ronquido del hombre lo sobresaltó. Tomó el arma con fuerza y la descargó contra los tres cuerpos, haciendo botar la sangre y trozos de carne por todas partes. Abel veía la escena sobre los hombros de Rubén, con los ojos muy abiertos y llenos de ira. La ráfaga coincidió curiosamente con el motor de la aeronave, que en ese preciso momento volvió a pasar justo sobre la casa, pero se alcanzaron a escuchar gritos en otra habitación.
Abel le dio otro cargador a Rubén y le dijo que faltaban dos. Caminó por el pasillo hacia la habitación donde se habían escuchado gritos y le hizo una seña a Rubén para que esperara. Abel entró y miró que las dos camas individuales estaban vacías. Avisó en voz baja que era él y pidió que no tuvieran miedo. Unas vocecillas le hablaron desde un balcón. Cuando llegó ahí encontró a dos adolescentes muy parecidas a la mujer que acababan de asesinar. Estaban agazapadas en un rincón. Sollozaban y temblaban de miedo. Abel se acuclilló y las abrazó. Le preguntaron qué había pasado y él les dijo que todo estaba bien, que sólo había sido un ruido, y les dijo que las iba a llevar a la cama. 
Abel condujo a las adolescentes hacia sus camas. Ellas caminaban temblorosas y recorrieron todo el cuarto con la mirada hasta que ambas clavaron la vista en la puerta, que estaba entreabierta. Era como si percibieran la presencia de Rubén oculto en las sombras del pasillo. Abel les dijo que no tuvieran miedo y las acostó, cubriéndolas totalmente con los edredones. Ellas se quedaron así, bajo las mantas, sollozando y temblando de miedo, esperando que sucediera lo que tenía que pasar, porque sabían que algo malo pasaba, aunque no sabían exactamente qué. Mientras caminó hacia la puerta, Abel se frotó las manos, y ya en el pasillo le hizo una seña a Rubén, que con un par de pasos se posicionó en la puerta de la habitación y disparó. Abel miró de soslayo la ejecución, con la sonrisa del malvado que se impone a un enemigo. Las balas rompieron los mantos y se anidaron en aquellos bultos, tiñéndolos de rojo, otra vez al unísono con el motor de la avioneta, que Rubén pensó que imaginaba, porque cuando soltó el gatillo se fue apagando y no volvió a escucharle.
Ambos bajaron las escaleras, Abel con una maleta que sacó quién sabe de dónde. Se sentaron en la sala y guardaron el rifle en la valija. Ya te tienes que ir, le dijo Abel a Rubén. Le recordó que debía volver a saltar la barda y caminar por la terracería hasta la carretera, donde podría pedir un taxi o esperar a que pasara un camión. Nadie sospecharía porque a esa hora ya empezaban a salir trabajadores y estudiantes rumbo a la ciudad. Rubén sacó de un bolsillo la bolsita con polvo blanco, se sirvió un poquito sobre el dorso de una mano y lo aspiró. Abel sacó unos billetes de su cartera y se los entregó señalándole que sólo era un adelanto. Cargó con la maleta y condujo a Rubén hacia el patio. Éste volvió a saltar la barda y Abel le pasó el equipaje. Ninguno habló, no se despidieron ni con alguna seña. Sólo falta que este pendejo la cague, pensó Abel mientras regresaba a la casa.
Entró de nuevo y cerró con seguro. El vidrio de la puerta estaba empañado por la brisa nocturna, y viendo absorto hacia la barda que acababa de saltar Rubén, Abel dio un respiro profundo, como liberándose de una carga muy pesada. Fue a la cocina y sacó una Pacífico del refrigerador, buscó un destapador en la alacena, en el cajón a la izquierda del fregadero, destapó la botella y aventó el utensilio hacia el escurridor de la loza. Bebió un trago largo, saboreando. Se dirigió a la sala y se tumbó en el que fuera el sillón favorito del dueño de la casa, y de un jalón se bebió el resto de la cerveza. Se desparramó en el asiento y dejó que la botella resbalara lentamente de sus dedos. El golpe del cristal contra el suelo retumbó en el silencio mortuorio atrapado entre las paredes, pero Abel no se perturbó. Había clavado la mirada en el techo, en el efecto del foco que, con su luz amarilla y sus sombras tenues, hacia resaltar algunas grietas y manchas. Se quedó ahí, como en estado catatónico, hasta que sus pensamientos empezaron a enmarañarse con todo el resentimiento que había ido acumulando, y el odio fue transformando su rostro. Estalló en un grito de furia y se levantó abruptamente. Con la violencia del movimiento su pie izquierdo golpeó la botella en el suelo, haciéndola girar sobre su eje, y ésta fue a dar contra un unicornio de peluche bajo el otro sillón.
Volvió a subir las escaleras, ahora con paso firme y con las manos apuñadas. Entró a la recámara principal y se plantó frente a la cama. Te chingaste cabrón, gritó al cuerpo inerte del hombre robusto. Un llanto de cólera y de liberación brotó de todo su ser. Con esto queda vengada la muerte de mi mamá, le escupió. Porque ella se mató por tu culpa, le acusó. Por tu culpa y la de esta puta, le señaló. Y yo me quedé solo, sollozó. Lloró en silencio un par de minutos, hasta que tomó aire para no ahogarse, y luego se limpió las lágrimas del rostro con ambas manos. Desde que ella murió me quedé solo porque tú dejaste de ser mi papá, le reclamó. Y metiste a esta puta a la casa de mi madre, le reclamó. Y la metiste a la cama de mi madre, le reclamó. Y preferiste a sus bastardas que a mí, le reclamó. Pero ya te chingaste, exhaló. Y se fue a su cuarto a dormir.