Dicen que sucedió hace décadas, durante una fresca noche otoñal, tal vez a finales de noviembre, tal vez a principios de diciembre.
Por aquellos tiempos se celebraban bailes en La Pérgola, una gran pila de roca que algunos años antes había sido construida en las faldas del Cerro de la Memoria para la distribución de agua hacia la ciudad, y que aún tiene, precisamente, una pérgola que sirve de mirador.
Un joven elegante y buen mozo que acudió a uno de aquellos bailes, llegó al lugar y se quedó de pie bajo la pérgola observando el paisaje.
Su vista inició el recorrido en el horizonte, en los cerros que bordean la bahía, se fue arrastrando sobre los campos cañeros que rodeaban la ciudad, se fijó un instante en el ingenio azucarero aún con sus luces encendidas y las chimeneas humeantes, se paseó por aquellas calles que ya marcaban un trazo perfecto, e inclinando un poco la cabeza, se perdió absorto entre el laberinto de tumbas del camposanto que está al pie del cerro.
Un viento suave y gélido danzó alrededor de La Pérgola en ese momento, al ritmo de la banda que interpretaba las primeras notas de la noche, y se sintió como un soplo mentolado en los rostros iluminados por las candelas y la luna. Un escalofrío sacudió a aquel joven, que se espabiló ajustándose la chamarra y metiendo las manos en los bolsillos.
Sus amigos hacían bulla y de vez en cuando alguno sacaba a bailar a una muchacha, pero no había una que llamara la atención de él.
Los jóvenes vestían pantalones acampanados o de pana, mientras que las muchachas desafiaban el frío con vestidos y faldas arriba de la rodilla.
Habían transcurrido algunos minutos cuando una brisa le acarició las mejillas y atrajo su mirada hacia donde estaba la escalinata de acceso, una chica vestida de blanco y de una belleza etérea se abría paso entre las parejitas. La palidez de su piel evocaba un paisaje de nubes y de nieve, pero había calidez en la profundidad de sus ojos.
No esperó a que llegara a hasta donde él estaba, fue a su encuentro a mitad de la pista de baile, y con labios temblorosos, ya por el frío ya por los nervios, le preguntó si le concedía la pieza. Ella respondió con un sí que sonó como el silbido del viento, mirándolo fijamente y sin expresión en el rostro.
El joven sintió el cuerpo de la chica inusualmente frío, pero estaba embelesado en aquellos ojos que se clavaban en los suyos y le tocaban el alma.
La atmósfera se volvió densa y la música llegaba a sus oídos como un susurro, como si bailaran dentro de una burbuja, como en otra dimensión, fuera de la realidad.
De pronto, ella preguntó la hora, y al mirar su reloj, él se sorprendió de que ya fuera medianoche. Ella dijo que tenía que irse y él le propuso acompañarla.
Bajaron la escalinata tomados de la mano, y fue entonces que él reparó en sus dedos fríos. Se quitó la chamarra y se la puso a ella, sonriéndole, pero el rostro de la chica seguía inexpresivo.
Caminaron hacia una colonia cercana al cerro, y durante el trayecto él observó que la fiesta seguía en La Pérgola.
La chica se detuvo en medio de una calle oscura y señaló una casa. Él le dijo que se quedara con la chamarra y así aprovechaba para verla al día siguiente. Ella caminó hacia la puerta y entró. Sólo hasta unos minutos después él cayó en cuenta que no había escuchado el sonido de la puerta al abrirse y cerrarse, pero no le dio más vueltas al asunto. Otro escalofrío le recorrió la espina dorsal y se encorvó frotándose los brazos.
El joven soñó toda la noche con aquel bello rostro pálido e inexpresivo, y la profundidad de esos ojos que le revolucionaba los latidos y lo sacaba de este mundo.
Al día siguiente, tal como había prometido, regresó a la casa de su amada, con un presentimiento arremolinándole las tripas.
Una mujer abrió la puerta atendiendo el toc toc, y el joven preguntó por la muchacha. El semblante de la mujer se desencajó, y tras un instante de perturbación, respondió preguntando qué quería con un dejo de molestia en el entrecejo.
El joven, que se sintió incómodo con la reacción de la mujer, contó apresurado lo sucedido la noche anterior, y la cara de la mujer sólo se descuadraba más conforme escuchaba el relato.
Con una sensación inefable que le apretaba el pecho, el joven dijo que sólo quería su chamarra para marcharse. Sin embargo, la mujer lo invitó a pasar, con la voz entrecortada.
Ya en la sala, miró sobre un mueble una fotografía de su amada, y el corazón le rebotaba en el tórax presintiendo que escucharía algo estrujante.
La mujer tomó el retrato acurrucándolo en su vientre, y dijo que era su hija. Él asintió esperando la noticia. Y la mujer lo soltó sin más: su hija estaba muerta desde hacía algunos años.
El joven sintió que su corazón, el tiempo y el universo se detuvieron. Se llevó las manos a la cabeza diciendo que aquello no era verdad. No se dio cuenta que estaba gritando.
Otras personas de la casa acudieron a la sala y al enterarse de lo que estaba pasando se quedaban perplejos. Las mujeres lloraban y los hombres trataban de calmar al joven, quien decía que estaban tratando de volverlo loco y llamaba a gritos a su amada creyendo que estaría en alguna habitación.
Para hacerlo entrar en razón le dijeron que lo llevarían ante la tumba de aquella hija a la que aún añoraban. Y todos se dirigieron al panteón cargando un cúmulo de sentimientos que hicieron eterno el camino.
Empezaba a caer la tarde cuando llegaron, y el tizne que emanaba de las chimeneas del ingenio se esparcía por el aire en toda la ciudad.
Al pararse frente a la tumba todos se sobresaltaron, y se desató la locura. Al joven se le revolvió la razón en el estómago y vomitó la cordura. Sobre la cruz que coronaba la sepultura estaba la chamarra.
Por aquellos tiempos se celebraban bailes en La Pérgola, una gran pila de roca que algunos años antes había sido construida en las faldas del Cerro de la Memoria para la distribución de agua hacia la ciudad, y que aún tiene, precisamente, una pérgola que sirve de mirador.
Un joven elegante y buen mozo que acudió a uno de aquellos bailes, llegó al lugar y se quedó de pie bajo la pérgola observando el paisaje.
Su vista inició el recorrido en el horizonte, en los cerros que bordean la bahía, se fue arrastrando sobre los campos cañeros que rodeaban la ciudad, se fijó un instante en el ingenio azucarero aún con sus luces encendidas y las chimeneas humeantes, se paseó por aquellas calles que ya marcaban un trazo perfecto, e inclinando un poco la cabeza, se perdió absorto entre el laberinto de tumbas del camposanto que está al pie del cerro.
Un viento suave y gélido danzó alrededor de La Pérgola en ese momento, al ritmo de la banda que interpretaba las primeras notas de la noche, y se sintió como un soplo mentolado en los rostros iluminados por las candelas y la luna. Un escalofrío sacudió a aquel joven, que se espabiló ajustándose la chamarra y metiendo las manos en los bolsillos.
Sus amigos hacían bulla y de vez en cuando alguno sacaba a bailar a una muchacha, pero no había una que llamara la atención de él.
Los jóvenes vestían pantalones acampanados o de pana, mientras que las muchachas desafiaban el frío con vestidos y faldas arriba de la rodilla.
Habían transcurrido algunos minutos cuando una brisa le acarició las mejillas y atrajo su mirada hacia donde estaba la escalinata de acceso, una chica vestida de blanco y de una belleza etérea se abría paso entre las parejitas. La palidez de su piel evocaba un paisaje de nubes y de nieve, pero había calidez en la profundidad de sus ojos.
No esperó a que llegara a hasta donde él estaba, fue a su encuentro a mitad de la pista de baile, y con labios temblorosos, ya por el frío ya por los nervios, le preguntó si le concedía la pieza. Ella respondió con un sí que sonó como el silbido del viento, mirándolo fijamente y sin expresión en el rostro.
El joven sintió el cuerpo de la chica inusualmente frío, pero estaba embelesado en aquellos ojos que se clavaban en los suyos y le tocaban el alma.
La atmósfera se volvió densa y la música llegaba a sus oídos como un susurro, como si bailaran dentro de una burbuja, como en otra dimensión, fuera de la realidad.
De pronto, ella preguntó la hora, y al mirar su reloj, él se sorprendió de que ya fuera medianoche. Ella dijo que tenía que irse y él le propuso acompañarla.
Bajaron la escalinata tomados de la mano, y fue entonces que él reparó en sus dedos fríos. Se quitó la chamarra y se la puso a ella, sonriéndole, pero el rostro de la chica seguía inexpresivo.
Caminaron hacia una colonia cercana al cerro, y durante el trayecto él observó que la fiesta seguía en La Pérgola.
La chica se detuvo en medio de una calle oscura y señaló una casa. Él le dijo que se quedara con la chamarra y así aprovechaba para verla al día siguiente. Ella caminó hacia la puerta y entró. Sólo hasta unos minutos después él cayó en cuenta que no había escuchado el sonido de la puerta al abrirse y cerrarse, pero no le dio más vueltas al asunto. Otro escalofrío le recorrió la espina dorsal y se encorvó frotándose los brazos.
El joven soñó toda la noche con aquel bello rostro pálido e inexpresivo, y la profundidad de esos ojos que le revolucionaba los latidos y lo sacaba de este mundo.
Al día siguiente, tal como había prometido, regresó a la casa de su amada, con un presentimiento arremolinándole las tripas.
Una mujer abrió la puerta atendiendo el toc toc, y el joven preguntó por la muchacha. El semblante de la mujer se desencajó, y tras un instante de perturbación, respondió preguntando qué quería con un dejo de molestia en el entrecejo.
El joven, que se sintió incómodo con la reacción de la mujer, contó apresurado lo sucedido la noche anterior, y la cara de la mujer sólo se descuadraba más conforme escuchaba el relato.
Con una sensación inefable que le apretaba el pecho, el joven dijo que sólo quería su chamarra para marcharse. Sin embargo, la mujer lo invitó a pasar, con la voz entrecortada.
Ya en la sala, miró sobre un mueble una fotografía de su amada, y el corazón le rebotaba en el tórax presintiendo que escucharía algo estrujante.
La mujer tomó el retrato acurrucándolo en su vientre, y dijo que era su hija. Él asintió esperando la noticia. Y la mujer lo soltó sin más: su hija estaba muerta desde hacía algunos años.
El joven sintió que su corazón, el tiempo y el universo se detuvieron. Se llevó las manos a la cabeza diciendo que aquello no era verdad. No se dio cuenta que estaba gritando.
Otras personas de la casa acudieron a la sala y al enterarse de lo que estaba pasando se quedaban perplejos. Las mujeres lloraban y los hombres trataban de calmar al joven, quien decía que estaban tratando de volverlo loco y llamaba a gritos a su amada creyendo que estaría en alguna habitación.
Para hacerlo entrar en razón le dijeron que lo llevarían ante la tumba de aquella hija a la que aún añoraban. Y todos se dirigieron al panteón cargando un cúmulo de sentimientos que hicieron eterno el camino.
Empezaba a caer la tarde cuando llegaron, y el tizne que emanaba de las chimeneas del ingenio se esparcía por el aire en toda la ciudad.
Al pararse frente a la tumba todos se sobresaltaron, y se desató la locura. Al joven se le revolvió la razón en el estómago y vomitó la cordura. Sobre la cruz que coronaba la sepultura estaba la chamarra.