Les cayó la noche y el hambre les apretó las tripas, pero sólo les faltaba un día más en tren, así que Teresa y Artur buscaron un vagón en el que pudieran dormir para calmar al estómago con la saciedad de los sueños que prometían una mejor vida.
Ella sabía que estaban en algún lugar del noroeste de México, donde el narco acechaba a los migrantes, pero el hombre que los guiaba les había dicho que el viaje sería seguro.
Encontraron un viejo vagón desocupado, que olía a fierro oxidado y a animales de granja, pero estaba cerrado. La madre pensó que podrían guarecerse bajo él, acostados entre los rieles, pero había excremento y orines en el suelo, y descartó esa opción. Entonces pensó en subir al techo, como habían dormido ya en varias ocasiones durante el viaje. Mientras escalaban, ella miraba las piernas y los brazos huesudos del niño, marcados con las llagas y las laceraciones de aquel viaje y de un pasado de penurias.
Se tendieron sobre un trapo que apenas suavizó el gélido lecho y se echaron encima una cobija que acumulaba polvos de una larga travesía, era enero y ya soplaba la brisa nocturna, que serpenteaba descendiendo el relieve de aquella región serrana.
Mâe, tenho fome. Los labios del pequeño temblaron y la voz salió débil, como un susurro. Ella lo abrazó apretándolo a su pecho, que se comprimía de angustia. Y siseó hasta que el niño se durmió profundamente. Aunque le dolía verlo sufrir, mantenía la esperanza de que la vida les cambiara cuando estuvieran en aquella wonderland que sólo conocían en fotos y películas.
Veía el cielo estrellado mientras acariciaba al pequeño, notando la perspectiva astral de estar a miles de kilómetros del lugar en el que había dejado su rastro consanguíneo, la memoria ancestral de su linaje, y aquel amor violento que casi le arrebataba la vida a golpes a ella y a su hijo.
Los párpados se le fueron cerrando mientras contemplaba la constelación de Orión justo sobre ellos, un soplo de brisa le acarició el rostro y con un escalofrío se sacudió la sensación de un presagio justo antes de quedarse dormida.
Soñaba que corría por la sabana. Huía, pero no sabía de qué. Corría sola, y aunque tenía la impresión de correr lo más rápido que podía, sentía las piernas pesadas. Miró sus pies y se dio cuenta que corría sobre suelo pantanoso, por lo que su pisada se hundía unos centímetros. Así que se esforzó aún más para correr más rápido.
Escuchó un sonido como el que hace la hoz al segar las mies, y se estremeció. Entonces giró la cabeza y la vio, una serpiente gigante era su perseguidor. El corazón saltó en su pecho mientras un frío aterrador le recorría el cuerpo, haciéndola aún más lenta. Volteaba de vez en vez y el enorme bicho se acercaba. De repente tropezó con una rama y, como si fuera una escena en cámara lenta, rodó un par de metros en el suelo. Levantó la cabeza sosteniéndose con los codos en el fango, sintiendo la mezcla de tierra húmeda y hierba entre los dedos de las manos, y el terror la paralizó al ver que ya tenía a la serpiente encima, amenazándola con sus grandes colmillos.
El corazón le golpeaba tan fuerte el esternón que le dolía, y su respiración era densa, casi asfixiante. Sintió la boca seca. Entonces se escuchó el silbido de una saeta cortando el aire y la cabeza del animal cayó a sus pies. Respiró profundo tras el sobresalto y encogió las piernas. Volteó a su espalda y miró la silueta de un hombre.
Pensó que era el mítico Kalandula y se arrastró hacia él, percatándose que el suelo ya no era fangoso, sino firme. Apenas pudo abrazarse a las piernas del legendario cazador, todavía sin poder reponerse del todo. Obrigada, obrigada. Tartamudeó con voz ahogada.
Él la apartó de sí, y cuando ella levantó la vista descubrió con sorpresa que era su pequeño Arthur. Entonces se le arremolinaron en el pecho un conjunto de sentimientos encontrados, y se sintió ofuscada. Levanta mãe, vá para a caverna de diamantes. La frase sonó como una despedida, y al apagarse la voz de su hijo fue como si a ella se le escapara un soplo de vida.
Despertó sobresaltada con la impresión de haber escuchado el ruido de un golpe, y una ráfaga de viento helado le golpeó el rostro. De pronto cayó en cuenta que su hijo no estaba, y revolvió las cobijas apresurada sólo para confirmarlo. Tuvo un presentimiento, y dirigió su cuerpo lentamente hacia la orilla del techo del vagón. Cuando pudo ver hasta el suelo entre la oscuridad de la noche su alma se quebró, y su lamentó fluyó con el vaivén de la tramontana.
Al llegar los policías, encontraron a la mujer de rodillas con el niño en brazos, llorando inconsolable sin dejar de verlo. Caiu, caiu. Repetía una y otra vez, pero en su voz había un tono imperceptible de duda. Caiu, caiu. Repetía no sólo para responder a las autoridades, sino para convencerse a sí misma de ello. Caiu.
Ella sabía que estaban en algún lugar del noroeste de México, donde el narco acechaba a los migrantes, pero el hombre que los guiaba les había dicho que el viaje sería seguro.
Encontraron un viejo vagón desocupado, que olía a fierro oxidado y a animales de granja, pero estaba cerrado. La madre pensó que podrían guarecerse bajo él, acostados entre los rieles, pero había excremento y orines en el suelo, y descartó esa opción. Entonces pensó en subir al techo, como habían dormido ya en varias ocasiones durante el viaje. Mientras escalaban, ella miraba las piernas y los brazos huesudos del niño, marcados con las llagas y las laceraciones de aquel viaje y de un pasado de penurias.
Se tendieron sobre un trapo que apenas suavizó el gélido lecho y se echaron encima una cobija que acumulaba polvos de una larga travesía, era enero y ya soplaba la brisa nocturna, que serpenteaba descendiendo el relieve de aquella región serrana.
Mâe, tenho fome. Los labios del pequeño temblaron y la voz salió débil, como un susurro. Ella lo abrazó apretándolo a su pecho, que se comprimía de angustia. Y siseó hasta que el niño se durmió profundamente. Aunque le dolía verlo sufrir, mantenía la esperanza de que la vida les cambiara cuando estuvieran en aquella wonderland que sólo conocían en fotos y películas.
Veía el cielo estrellado mientras acariciaba al pequeño, notando la perspectiva astral de estar a miles de kilómetros del lugar en el que había dejado su rastro consanguíneo, la memoria ancestral de su linaje, y aquel amor violento que casi le arrebataba la vida a golpes a ella y a su hijo.
Los párpados se le fueron cerrando mientras contemplaba la constelación de Orión justo sobre ellos, un soplo de brisa le acarició el rostro y con un escalofrío se sacudió la sensación de un presagio justo antes de quedarse dormida.
Soñaba que corría por la sabana. Huía, pero no sabía de qué. Corría sola, y aunque tenía la impresión de correr lo más rápido que podía, sentía las piernas pesadas. Miró sus pies y se dio cuenta que corría sobre suelo pantanoso, por lo que su pisada se hundía unos centímetros. Así que se esforzó aún más para correr más rápido.
Escuchó un sonido como el que hace la hoz al segar las mies, y se estremeció. Entonces giró la cabeza y la vio, una serpiente gigante era su perseguidor. El corazón saltó en su pecho mientras un frío aterrador le recorría el cuerpo, haciéndola aún más lenta. Volteaba de vez en vez y el enorme bicho se acercaba. De repente tropezó con una rama y, como si fuera una escena en cámara lenta, rodó un par de metros en el suelo. Levantó la cabeza sosteniéndose con los codos en el fango, sintiendo la mezcla de tierra húmeda y hierba entre los dedos de las manos, y el terror la paralizó al ver que ya tenía a la serpiente encima, amenazándola con sus grandes colmillos.
El corazón le golpeaba tan fuerte el esternón que le dolía, y su respiración era densa, casi asfixiante. Sintió la boca seca. Entonces se escuchó el silbido de una saeta cortando el aire y la cabeza del animal cayó a sus pies. Respiró profundo tras el sobresalto y encogió las piernas. Volteó a su espalda y miró la silueta de un hombre.
Pensó que era el mítico Kalandula y se arrastró hacia él, percatándose que el suelo ya no era fangoso, sino firme. Apenas pudo abrazarse a las piernas del legendario cazador, todavía sin poder reponerse del todo. Obrigada, obrigada. Tartamudeó con voz ahogada.
Él la apartó de sí, y cuando ella levantó la vista descubrió con sorpresa que era su pequeño Arthur. Entonces se le arremolinaron en el pecho un conjunto de sentimientos encontrados, y se sintió ofuscada. Levanta mãe, vá para a caverna de diamantes. La frase sonó como una despedida, y al apagarse la voz de su hijo fue como si a ella se le escapara un soplo de vida.
Despertó sobresaltada con la impresión de haber escuchado el ruido de un golpe, y una ráfaga de viento helado le golpeó el rostro. De pronto cayó en cuenta que su hijo no estaba, y revolvió las cobijas apresurada sólo para confirmarlo. Tuvo un presentimiento, y dirigió su cuerpo lentamente hacia la orilla del techo del vagón. Cuando pudo ver hasta el suelo entre la oscuridad de la noche su alma se quebró, y su lamentó fluyó con el vaivén de la tramontana.
Al llegar los policías, encontraron a la mujer de rodillas con el niño en brazos, llorando inconsolable sin dejar de verlo. Caiu, caiu. Repetía una y otra vez, pero en su voz había un tono imperceptible de duda. Caiu, caiu. Repetía no sólo para responder a las autoridades, sino para convencerse a sí misma de ello. Caiu.