febrero 09, 2025

Chivo

Era una noche oscura, de luna nueva, que acentuaba el ambiente denso de una ciudad sacudida por una encarnizada narcoguerra.
Alexis conducía su camioneta con precaución, con el temor de toparse una balacera o algún retén en el que lo dejaran a pie, si bien le iba. Miró su reloj, pasaba de la medianoche y había prometido regresar no tan tarde.
Se escuchaban detonaciones lejanas rompiendo el vacío de las calles, y el miedo se apretujaba bajo las cobijas en los dormitorios de los hogares que eran sacudidos por la fuerza expansiva de la violencia.
Alexis sintió que le sudaban las manos y apretó el volante provocando un chirrido imperceptible del cuero que lo cubría. Conducía por un bulevar al oriente de aquella ciudad famosa por sus capos y su equipo de beisbol. Dirigió la mirada al tablero y vió la aguja del velocímetro aferrarse temblorosa a la marca de los setenta, y al alzar la vista, un bicho se estampó con el parabrisas dejando una mancha blanca.
Entonces se percató que a unas cuadras estaban dos patrullas militares. Temió que fueran de las clonadas. Se le oprimió el pecho y le empezó un chillido en el oído derecho. Luego distinguió una decena de hombres armados a bordo de los dos vehículos. Si son oficiales no pasa nada, pensó. Y conforme se fue acercando apretó los dientes por instinto.
De repente, alcanzó a darse cuenta que las armas le apuntaban. Se hundió en el asiento y aplastó un poco más el acelerador, sintiendo el miedo recorrerle el cuerpo en un escalofrío. Pensó en frenar o dar vuelta, pero concluyó que eso podría ser peor, así que se dejó ir.
Apenas miró los destellos en los cañones, y los sonidos de la metralla se mezclaron con el ruido de las balas impactando la lámina de la carrocería y quebrando los cristales. Alexis se protegió inclinándose a la derecha, y la camioneta viró en esa misma dirección hasta chocar de costado con un poste. Fue zarandeado y estrelló la cara contra el tablero, brotándole sangre de la ceja izquierda, y la camioneta avanzó todavía varios metros.
Estaba aturdido y sentía que la cabeza le iba a estallar. Percibió aroma a quemado y a hierro oxidado, pero no miraba fuego. Entonces escuchó gritos de los atacantes, y que saltaban de los vehículos y caminaban hacia él. Se aventó a la parte trasera de la camioneta para no estar a la vista. Otra ráfaga estremeció la camioneta y su razón. Valió madres, se dijo. Las balas zumbaban, y se arremolinó esperando que alguna se clavara en sus carnes y acabara aquella pesadilla.
Los disparos cesaron y se sorprendió de que ninguno lo hubiera herido, pero entonces pensó que si lo capturaban sería torturado y lo desaparecerían, como sabía que había pasado con tanta gente. Le ordenaron que saliera, pero no se pudo mover. Unos segundos después, la puerta trasera de la camioneta se abrió abruptamente, y dos hombres le gritaban repitiendo la orden de que saliera, mientras le apuntaban con sus armas. Como no se movió, uno de ellos se acercó y lo jaló de un brazo hasta sacarlo, arrojándolo al pavimento. De rodillas cabrón, le vociferó. Alexis obedeció, y en ese momento sintió dolor en todo el cuerpo.
Eran unos diez hombres, con uniforme del ejército. La mitad de ellos rodeaban la camioneta, otros vigilaban los alrededores, y unos permanecían en las patrullas. Alexis ya no aguantaba el dolor en las rodillas cuando de uno de los vehículos descendió un hombre con pinta de mando, que a medio camino lanzó órdenes: mátalo, mátalo. Alexis cerró los ojos y escuchó que el hombre que tenía más cerca preparaba su arma. Hay cámara, gritó uno de los militares que estaba más lejos. Alexis abrió los ojos y giró la cabeza hacia donde había escuchado el grito, el militar señalaba la videocámara de un negocio. Chingadamadre, espetó el que lo había sentenciado a muerte.
No hubo necesidad de que se diera otra orden, mientras dos hombres lo tomaban de los brazos para llevarlo a una de las patrullas, los demás recogieron los casquillos que estaban regados por toda la calle.
Alexis se golpeó la espinilla izquierda cuando lo aventaron a la patrulla. Al mismo tiempo, el militar de mando ordenaba que se hiciera un parte en el que se le señalara de haber disparado primero. Un perro ladró a lo lejos, y otros muchos ladridos diferentes respondieron desde distintas direcciones. Y Alexis se desvaneció.