Alexis conducía su camioneta con precaución, con el temor de toparse una balacera o algún retén en el que lo dejaran a pie, si bien le iba. Miró su reloj, pasaba de la medianoche y había prometido regresar no tan tarde.
Se escuchaban detonaciones lejanas rompiendo el vacío de las calles, y el miedo se apretujaba bajo las cobijas en los dormitorios de los hogares que eran sacudidos por la fuerza expansiva de la violencia.
Alexis sintió que le sudaban las manos y apretó el volante provocando un chirrido imperceptible del cuero que lo cubría. Conducía por un bulevar al oriente de aquella ciudad famosa por sus capos y su equipo de beisbol. Dirigió la mirada al tablero y vió la aguja del velocímetro aferrarse temblorosa a la marca de los setenta, y al alzar la vista, un bicho se estampó con el parabrisas dejando una mancha blanca.
Entonces se percató que a unas cuadras estaban dos patrullas militares. Temió que fueran de las clonadas. Se le oprimió el pecho y le empezó un chillido en el oído derecho. Luego distinguió una decena de hombres armados a bordo de los dos vehículos. Si son oficiales no pasa nada, pensó. Y conforme se fue acercando apretó los dientes por instinto.
De repente, alcanzó a darse cuenta que las armas le apuntaban. Se hundió en el asiento y aplastó un poco más el acelerador, sintiendo el miedo recorrerle el cuerpo en un escalofrío. Pensó en frenar o dar vuelta, pero concluyó que eso podría ser peor, así que se dejó ir.
Apenas miró los destellos en los cañones, y los sonidos de la metralla se mezclaron con el ruido de las balas impactando la lámina de la carrocería y quebrando los cristales. Alexis se protegió inclinándose a la derecha, y la camioneta viró en esa misma dirección hasta chocar de costado con un poste. Fue zarandeado y estrelló la cara contra el tablero, brotándole sangre de la ceja izquierda, y la camioneta avanzó todavía varios metros.
Estaba aturdido y sentía que la cabeza le iba a estallar. Percibió aroma a quemado y a hierro oxidado, pero no miraba fuego. Entonces escuchó gritos de los atacantes, y que saltaban de los vehículos y caminaban hacia él. Se aventó a la parte trasera de la camioneta para no estar a la vista. Otra ráfaga estremeció la camioneta y su razón. Valió madres, se dijo. Las balas zumbaban, y se arremolinó esperando que alguna se clavara en sus carnes y acabara aquella pesadilla.
Los disparos cesaron y se sorprendió de que ninguno lo hubiera herido, pero entonces pensó que si lo capturaban sería torturado y lo desaparecerían, como sabía que había pasado con tanta gente. Le ordenaron que saliera, pero no se pudo mover. Unos segundos después, la puerta trasera de la camioneta se abrió abruptamente, y dos hombres le gritaban repitiendo la orden de que saliera, mientras le apuntaban con sus armas. Como no se movió, uno de ellos se acercó y lo jaló de un brazo hasta sacarlo, arrojándolo al pavimento. De rodillas cabrón, le vociferó. Alexis obedeció, y en ese momento sintió dolor en todo el cuerpo.
Eran unos diez hombres, con uniforme del ejército. La mitad de ellos rodeaban la camioneta, otros vigilaban los alrededores, y unos permanecían en las patrullas. Alexis ya no aguantaba el dolor en las rodillas cuando de uno de los vehículos descendió un hombre con pinta de mando, que a medio camino lanzó órdenes: mátalo, mátalo. Alexis cerró los ojos y escuchó que el hombre que tenía más cerca preparaba su arma. Hay cámara, gritó uno de los militares que estaba más lejos. Alexis abrió los ojos y giró la cabeza hacia donde había escuchado el grito, el militar señalaba la videocámara de un negocio. Chingadamadre, espetó el que lo había sentenciado a muerte.
No hubo necesidad de que se diera otra orden, mientras dos hombres lo tomaban de los brazos para llevarlo a una de las patrullas, los demás recogieron los casquillos que estaban regados por toda la calle.
Alexis se golpeó la espinilla izquierda cuando lo aventaron a la patrulla. Al mismo tiempo, el militar de mando ordenaba que se hiciera un parte en el que se le señalara de haber disparado primero. Un perro ladró a lo lejos, y otros muchos ladridos diferentes respondieron desde distintas direcciones. Y Alexis se desvaneció.