marzo 12, 2025

En un respiro

El viejo Marquis surcaba la avenida con ritmo apacible, como una lancha sobre las olas del mar, y en el interior del coche sonaba Quiéreme, de Los Bukis. Desde dos calles atrás, José Manuel se había aventurado a posar la mano derecha en la pierna de Marelvy, y al no haber encontrado objeción, estaba feliz.
Quiéreme, como yo te estoy queriendo. Cantaba emocionado alternando la vista entre el camino y aquellos ojos seductores que lo conducían a la pasión. Siente lo que estoy sintiendo, quiéreme. Y frotar aquel muslo le alborotaba los latidos y la entrepierna. Quiéreme, pues la vida me he pasado esperándote a mi lado, quiéreme. Ella reía coquetamente, y al terminar el estribillo estiró la mano izquierda hasta su nuca para responderle acariciando su cabello, en un gesto casi maternal.
Eran vecinos y se conocían de toda la vida. Marelvy era un poco mayor que él y se había divorciado unos años atrás, José Manuel seguía soltero pese a ya estar casi en los treintas. Él había organizado la fiesta de esa noche, en su taller, y tras mucho insistirle, la había convencido de acompañarlo.
Pasaba de la una cuando el Marquis se detuvo frente a la casa de ella, el bulevar lucía oscuro con la luz menguante de la luna. Dejaron encendidos la radio y el aire acondicionado para poder quedarse refugiados del calor de agosto que sofocaba la noche.
Pasaron unos minutos en silencio, en un diálogo de miradas y sonrisas nerviosas. Sabes que siempre me has gustado, soltó él. Sentía el corazón agitado y las manos sudadas pese a la refrigeración del vehículo. Y dale otra vez, respondió ella. Todavía sintiendo los efectos de la cerveza en sus movimientos y en sus pensamientos, ella se reacomodó en el asiento y alborotó el perfume de su cabellera. Sólo necesito que me des una chance para demostrarte que es en serio, insistió él. Más embriagado por el aroma floral que por todo el alcohol que había bebido, se inclinó ligeramente hacia ella haciendo rechinar el cuero del asiento. Es que tengo miedo, dijo ella con sinceridad. Y las ganas de animarse le hicieron temblar los labios. Se miraron fijamente un instante, titubeando a una palma de distancia, con sus respiraciones mezclándose. Él arriesgó el primer paso, tomándole una mano con la izquierda y rodeándole los hombros con la derecha. Ella dudó pero se dejó abrazar. Luego sus bocas se encontraron por primera vez, en un beso inocente, como el de dos adolescentes que apenas experimentan las cosas del amor, suave y dulce. Rieron como chiquillos, y tras una breve pausa, se dejaron llevar.
Marelvy reclinó el asiento un poco hacia atrás mientras José Manuel se inclinaba de nuevo hacia ella. Él exploró su geografía corporal, y ella respondió con caricias tiernas y apasionadas. Los cuerpos se movieron al ritmo de la melodía que sonaba de fondo, y sus manos trazaron un mapa de sensaciones. Los besos se volvieron más profundos, más apasionados. Los ojos se cerraron, entregándose al momento, perdidos en el éxtasis.
José Manuel se sentía en un sueño, como si el tiempo transcurriera más lento que la realidad. Percibió que se le oprimía el pecho y que le faltaba un poco el aire, y pensó que no debió haber bebido tanto antes. Marelvy estaba absorta en el cúmulo de emociones, pero sentía la cabeza volada y una debilidad en brazos y piernas, y pensó que no debió haber bebido tanto antes.
El calor de sus cuerpos se mezclaba con el aire acondicionado y empañaba los cristales polarizados del coche, convertido en un refugio de pasión, un lugar donde se materializaban los anhelos y las ansias. Sus respiraciones aceleradas, sus corazones latiendo al unísono. José Manuel deslizó las yemas de sus dedos por la espalda de ella, bajando hasta la cintura y subiendo de nuevo hasta aprisionarla. Marelvy se estremeció ante su toque, sus ojos cerrados, y una lágrima se le escapó. Se quedaron así, abrazados, soñando con un destino juntos. Y en un respiro, se les fue la vida.