Se despertó de sobresalto con la impresión de haber escuchado un ruido. Sin moverse, aguzó las orejas hasta convencerse de que sólo se oía el motor del minisplit y su aleta que subía y bajaba, además de un ladrido lejano. Estiró la mano hacia la cabecera de la cama y tomó su teléfono para ver la hora, pasaba de la medianoche. Y entonces, otra vez escuchó algo, como si alguien anduviera dentro de la casa.
Salió de la cobija y de sus miedos, sentándose en el borde de la cama. Su abuela dormía junto a ella, pero hasta ese momento se percató del tenue silbidito que hacía su respiración. Como no oyó más ruidos que le hicieran suponer que alguien había entrado a la casa, decidió ir a la cocina para beber agua antes de volver a acostarse. Se levantó, y el frío del piso le entró por las plantas de los pies y le subió en un escalofrío que le erizó la piel.
Caminó casi de puntitas, sin darse cuenta que lo hacía así. Y conforme avanzó hacia la puerta se le fue oprimiendo el pecho, como si el corazón intentara detenerla para evitar su destino. Tomó el picaporte con la mano derecha y su cuerpo tembló, la sacudió un incomprensible temor a lo desconocido. Giró la perilla despacio, haciéndola rechinar suave y casi imperceptiblemente. Sintió el intercambio de aire caliente y aire frío al abrir la puerta, como si estuviera en el centro de la formación de un huracán. Miró el vacío de la casa, pero había una sensación densa en el ambiente. Avanzó, y cerró la puerta tras de sí con cuidado.
Estaba a medio camino de la cocina cuando vio que una corriente de aire entraba por una ventana de la sala y ondeaba la cortina, y luego escuchó pasos. Un bulto apareció frente a ella saliendo de la cocina. Quedó petrificada. Hurgó entre los relieves sombríos y distinguió el rostro de su padrastro, pero no sintió alivio, sino un temor mayor. Escudriñó la fisionomía: el cabello desaliñado cayendo sobre su frente, el sudor escurriendo con el brillo nocturno de tonos plateados, la boca abierta que jadeaba, y unos ojos enrojecidos con semblante de furia y de perdición. Aquello no era un hombre, sino un chacal. Quiso gritar, pero la voz se le quedó atragantada.
Aquella bestia con figura humana latigueó el brazo derecho. Ella vio el martillo empuñado como arma, pero no pudo reaccionar. El golpe gélido resonó con un crack cruento, y el impacto fue demoledor. Le estalló la cabeza, y sintió la caída de su endeble cuerpo como si fuera una bolsa de huesos y vísceras lanzada con fuerza contra el suelo. Se zangoloteó instintivamente, como un pez sacado del agua. Y luego se quedó quieta, embarrada en el piso, con los ojos vidriosos perdidos en la irrealidad de lo inesperado.
El chacal la observó, inclinándose, como olfateando restos de vida, con el martillo en alto, amenazante. Pero en ese momento chirrió un colchón, así que la dio por muerta para seguir saciando su apetito de sangre. Sin embargo, ella se había convertido en un sigiloso espectro, y el recuerdo amarescente se fue grabando en sus sentidos.
Escuchó el rechinido de la perilla en la puerta de su cuarto, y después la furia descargada en un tac seco que desquebrajó los sueños de su abuela. Anticipó lo siguiente y exhaló su impotencia, que el chacal pareció olisquear al salir de la habitación. Lo escuchó deslizarse como un susurro hacia el otro cuarto. El sabor metálico de los golpes inundó el aire. El silencio posterior tenía una textura áspera y fría, hasta que su madre y sus hermanitas se despidieron con las caricias de una brisa nocturna. Su alma lloró.
El chacal salió como un torbellino, bufando, con el martillo ensangrentado en la mano. Saltó a la ventana abierta y se detuvo en el umbral, volteó el resoplante rostro con expresión de haber olvidado algo, pero luego siguió su huída en el pesado silencio de la madrugada. Mientras ella, en un último resquicio de cordura, antes de hundirse en la profundidad total de la inconsciencia, sintió su espíritu desbaratado por aquel martillazo que le partió el tiempo en dos, deteniendo el universo en ese instante de horror.
mayo 05, 2025
Chacal
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