julio 12, 2020

Protesta

Había pasado otra mala noche, como casi todas, pero conforme se había ido acercando el día de la marcha el dolor se fue ensanchando en su pecho, y ahora no podía ni llorar, sólo pensaba, y eso era peor.
Se cansó de dar vueltas en la cama y se levantó a eso de las cinco, se dio un baño que sintió purificador y puso a hervir agua mientras se vestía. Regresó a la cocina justo cuando la tetera humeante anunciaba el punto de ebullición, y en unos minutos el aroma floral de su crema corporal se perdía en el olor del café y los huevos fritos y las salchichas. Cuando dio el primer sorbo a la taza recordó una frase de su esposo: la vida es como el café, todo está en cómo te la tomas. Y se le escapó una lágrima. Sonrió con nostalgia, respiró profundo, y siguió desayunando.
Casi a las diez salió de su casa con un retrato grande de su esposo y con el sombrero que usaba en las búsquedas para protegerse del sol. Vivía en una pequeña comunidad junto a la carretera, y ahí la recogerían para irse a la marcha. Se sentó en una roca grande bajo un sauce, a esperar.
Veía con desgana el paso rutinario de la gente y de los coches, y también veía a una anciana con piel de bronce que a unos metros de distancia vendía pan de mujer. Cuando algún cliente llegaba y alborotaban las bolsas y las servilletas de tela bordada, el aroma del pan aún caliente y el piloncillo y la calabaza alcanzaba a llegar hasta ella.
De lejos observó la Ford de color gris al frente de una caravana, acercándose, y se levantó sacudiéndose las nalgas. El vehículo se detuvo y la mujer grande que conducía nomás le dijo ¡vámonos! con su voz nasal. Ella se montó en la caja de la camioneta, donde ya iban otras cuatro mujeres, y por respuesta soltó otro ¡vámonos!
Con el vehículo en marcha, las cinco mujeres se veían unas a otras y por saludo apenas se sonreían. Iban ocupadas en sostener sus sombreros, gorras y rebozos, que amenazaban con irse con el viento. Si acaso preguntaban si en alguno de los otros coches iba fulanita, o mencionaban que zutanita no había podido ir, o informaban que menganita ya estaría en el lugar de reunión acordado.
Llegaron al sitio pasadas las once. Era la entrada de aquel pueblo que el gobierno presumía como mágico, y justo en ese lugar, en la gasolinería que precede al arco colonial con la leyenda de bienvenida, fue donde desapareció el hijo de la fundadora del grupo.
Los vehículos se acomodaron en fila y descendieron las mujeres con pancartas, retratos y sombrillas. Algunas ya esperaban ahí, bajo alguno de los pocos árboles que bordeaban la calle empedrada o en la tienda ubicada en la gasolinería. Todas se arremolinaron y se saludaban, y entre ellas se mezclaban algunos reporteros, fotógrafos y camarógrafos, que ya captaban los primeros detalles de la futura crónica de aquella marcha del silencio. Hasta que la lideresa empezó a echar gritos para que el contingente se acomodara en medio de la calle.
La marcha inició bajo un sol estival que abrasaba y abrazaba hasta sofocar. El grupo de mujeres, madres, esposas, hijas, hermanas, irrumpió en el rutinario trajinar de aquel pueblo mágico, con pasos incansables que retumbaban en la empedrada y que atraían las miradas y las voces. En el contingente también iban algunos niños pequeños que, sin hablar ni entender del todo, suplicaban el regreso de papá o mamá, o de ambos.
Ella caminaba sosteniendo el retrato de su esposo con ambas manos junto a su pecho. Era un retrato a blanco y negro con su uniforme de policía. Un día, cuatro años antes, un grupo de hombres armados lo interceptó cuando iba en su camioneta, algunos testigos dijeron que dialogó con ellos como si los conociera, luego se subieron todos a dos carros y dejaron ahí la camioneta con las llaves puestas. Ella sabía poco sobre las actividades diarias de su esposo, sólo sabía que por su eficiencia había conseguido un grado de comandante y había cultivado amistad con algunos de sus superiores. Y sabía que la había amado como ella a él desde que se conocieron en la secundaria. Y siempre que le preguntaban por él lo describía como un hombre cariñoso.
Se había unido a aquel grupo por invitación de otras esposas de policías desaparecidos, a las que ahora consideraba hermanas, como a todas con las que salía cada semana a rastrear montes, campos, cerros, olisqueando ese aroma de muerte que brota de la tierra transgredida como un grito desesperado. Y por ello les decían rastreadoras. A ella le había tocado encontrar siete fosas clandestinas, y en cada una deseó que fuera su esposo para acabar con la incertidumbre y ahogar ese luto perenne.
A media marcha pasaron por una de tantas cantinas del pueblo y un viejo andrajoso, borracho y chimuelo, que estaba sentado en la banqueta, la observó fijamente hasta que salió de su vista.
La marcha culminó en el Palacio Municipal, que ya lucía ataviado para la fiesta del Día de la Independencia, a celebrarse dos días después. El contingente fue recibido por un funcionario regordete, de bigote y cinto piteado, quien ofrecía una disculpa por la ausencia de la alcaldesa y se comprometía en su nombre a otorgar todo el apoyo que requirieran para realizar sus búsquedas. Algunas mujeres le escucharon con desidia y otras con muina, y el tipo se retiró excusándose por cuestiones de trabajo mientras agitaba a modo de despedida la mano en la que portaba un celular de los caros.
La lideresa pidió que algunas pasaran al frente para dar su testimonio a los reporteros y a los pocos curiosos que se acercaron. Los discursos eran protestas altisonantes contra criminales malditos y autoridades indolentes. Y todas pedían, además de poder encontrar a su desaparecido, que pararan las desapariciones. Con cada testimonio, las mujeres se abrazaban y lloraban, compartían el dolor y la impotencia.
El mitin concluyó y todas caminaron arrastrando los pies hacia los vehículos, y emprendieron el regreso. Todas en silencio. Algunas recordando a ese alguien que ni está vivo ni está muerto pero ya no está, otras pensando en los deberes pendientes tras todo un día fuera de casa, y algunas más escudriñando el sinsentido de esos gritos que se apagan y no alcanzan a ser retransmitidos con su fuerza original por los medios de comunicación, que no tienen respuesta ni consecuencia.
La Ford gris se detuvo en el mismo lugar pero del otro lado de la carretera, y ella bajó diciendo adiós y ahinosvemos. Cruzó la carretera y miró que todavía estaba la mujer vendiendo pan, y decidió comprarse una semita pa´l café.
Llegó a su casa casi a las cuatro, pero adentro había una tenue oscuridad que parecía adherida a las paredes y hacía sentir como si fuera más tarde, y a eso se agregaba que aunque hubiera una ventana abierta parecía no entrar el aire y la atmósfera se sentía densa. Dejó el pan sobre la mesa de la cocina, esa que su propio esposo había hecho en la carpintería de su hermano y la había decorado con sus nombres en las esquinas. Tomó agua de un cántaro de barro y se fue a la habitación con el retrato en las manos. Qué chingados hiciste para que te desaparecieran, le gritó a su marido en la intimidad del cuarto. Y se tumbó en la cama.

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