Había
pasado otra mala noche, como casi todas, pero conforme se había ido acercando
el día de la marcha el dolor se fue ensanchando en su pecho, y ahora no podía
ni llorar, sólo pensaba, y eso era peor.
Se
cansó de dar vueltas en la cama y se levantó a eso de las cinco, se dio un baño
que sintió purificador y puso a hervir agua mientras se vestía. Regresó a la cocina
justo cuando la tetera humeante anunciaba el punto de ebullición, y en unos
minutos el aroma floral de su crema corporal se perdía en el olor del café y
los huevos fritos y las salchichas. Cuando dio el primer sorbo a la taza recordó
una frase de su esposo: la vida es como el café, todo está en cómo te la tomas.
Y se le escapó una lágrima. Sonrió con nostalgia, respiró profundo, y siguió desayunando.
Casi
a las diez salió de su casa con un retrato grande de su esposo y con el
sombrero que usaba en las búsquedas para protegerse del sol. Vivía en una
pequeña comunidad junto a la carretera, y ahí la recogerían para irse a la
marcha. Se sentó en una roca grande bajo un sauce, a esperar.
Veía
con desgana el paso rutinario de la gente y de los coches, y también veía a una
anciana con piel de bronce que a unos metros de distancia vendía pan de mujer. Cuando
algún cliente llegaba y alborotaban las bolsas y las servilletas de tela
bordada, el aroma del pan aún caliente y el piloncillo y la calabaza alcanzaba
a llegar hasta ella.
De
lejos observó la Ford de color gris al frente de una caravana, acercándose, y
se levantó sacudiéndose las nalgas. El vehículo se detuvo y la mujer grande que
conducía nomás le dijo ¡vámonos! con su voz nasal. Ella se montó en la caja de
la camioneta, donde ya iban otras cuatro mujeres, y por respuesta soltó otro ¡vámonos!
Con
el vehículo en marcha, las cinco mujeres se veían unas a otras y por saludo
apenas se sonreían. Iban ocupadas en sostener sus sombreros, gorras y rebozos,
que amenazaban con irse con el viento. Si acaso preguntaban si en alguno de los
otros coches iba fulanita, o mencionaban que zutanita no había podido ir, o
informaban que menganita ya estaría en el lugar de reunión acordado.
Llegaron
al sitio pasadas las once. Era la entrada de aquel pueblo que el gobierno presumía
como mágico, y justo en ese lugar, en la gasolinería que precede al arco
colonial con la leyenda de bienvenida, fue donde desapareció el hijo de la
fundadora del grupo.
Los
vehículos se acomodaron en fila y descendieron las mujeres con pancartas,
retratos y sombrillas. Algunas ya esperaban ahí, bajo alguno de los pocos
árboles que bordeaban la calle empedrada o en la tienda ubicada en la
gasolinería. Todas se arremolinaron y se saludaban, y entre ellas se mezclaban
algunos reporteros, fotógrafos y camarógrafos, que ya captaban los primeros
detalles de la futura crónica de aquella marcha del silencio. Hasta que la
lideresa empezó a echar gritos para que el contingente se acomodara en medio de
la calle.
La
marcha inició bajo un sol estival que abrasaba y abrazaba hasta sofocar. El
grupo de mujeres, madres, esposas, hijas, hermanas, irrumpió en el rutinario
trajinar de aquel pueblo mágico, con pasos incansables que retumbaban en la
empedrada y que atraían las miradas y las voces. En el contingente también iban
algunos niños pequeños que, sin hablar ni entender del todo, suplicaban el
regreso de papá o mamá, o de ambos.
Ella
caminaba sosteniendo el retrato de su esposo con ambas manos junto a su pecho. Era
un retrato a blanco y negro con su uniforme de policía. Un día, cuatro años
antes, un grupo de hombres armados lo interceptó cuando iba en su camioneta,
algunos testigos dijeron que dialogó con ellos como si los conociera, luego se
subieron todos a dos carros y dejaron ahí la camioneta con las llaves puestas. Ella
sabía poco sobre las actividades diarias de su esposo, sólo sabía que por su
eficiencia había conseguido un grado de comandante y había cultivado amistad
con algunos de sus superiores. Y sabía que la había amado como ella a él desde
que se conocieron en la secundaria. Y siempre que le preguntaban por él lo
describía como un hombre cariñoso.
Se
había unido a aquel grupo por invitación de otras esposas de policías
desaparecidos, a las que ahora consideraba hermanas, como a todas con las que
salía cada semana a rastrear montes, campos, cerros, olisqueando ese aroma de
muerte que brota de la tierra transgredida como un grito desesperado. Y por
ello les decían rastreadoras. A ella le había tocado encontrar siete fosas
clandestinas, y en cada una deseó que fuera su esposo para acabar con la
incertidumbre y ahogar ese luto perenne.
A
media marcha pasaron por una de tantas cantinas del pueblo y un viejo
andrajoso, borracho y chimuelo, que estaba sentado en la banqueta, la observó
fijamente hasta que salió de su vista.
La
marcha culminó en el Palacio Municipal, que ya lucía ataviado para la fiesta
del Día de la Independencia, a celebrarse dos días después. El contingente fue
recibido por un funcionario regordete, de bigote y cinto piteado, quien ofrecía
una disculpa por la ausencia de la alcaldesa y se comprometía en su nombre a
otorgar todo el apoyo que requirieran para realizar sus búsquedas. Algunas
mujeres le escucharon con desidia y otras con muina, y el tipo se retiró excusándose
por cuestiones de trabajo mientras agitaba a modo de despedida la mano en la
que portaba un celular de los caros.
La
lideresa pidió que algunas pasaran al frente para dar su testimonio a los
reporteros y a los pocos curiosos que se acercaron. Los discursos eran protestas
altisonantes contra criminales malditos y autoridades indolentes. Y todas pedían,
además de poder encontrar a su desaparecido, que pararan las desapariciones. Con
cada testimonio, las mujeres se abrazaban y lloraban, compartían el dolor y la
impotencia.
El
mitin concluyó y todas caminaron arrastrando los pies hacia los vehículos, y emprendieron
el regreso. Todas en silencio. Algunas recordando a ese alguien que ni está
vivo ni está muerto pero ya no está, otras pensando en los deberes pendientes
tras todo un día fuera de casa, y algunas más escudriñando el sinsentido de
esos gritos que se apagan y no alcanzan a ser retransmitidos con su fuerza
original por los medios de comunicación, que no tienen respuesta ni
consecuencia.
La
Ford gris se detuvo en el mismo lugar pero del otro lado de la carretera, y
ella bajó diciendo adiós y ahinosvemos. Cruzó la carretera y miró que todavía
estaba la mujer vendiendo pan, y decidió comprarse una semita pa´l café.
Llegó
a su casa casi a las cuatro, pero adentro había una tenue oscuridad que parecía
adherida a las paredes y hacía sentir como si fuera más tarde, y a eso se
agregaba que aunque hubiera una ventana abierta parecía no entrar el aire y la
atmósfera se sentía densa. Dejó el pan sobre la mesa de la cocina, esa que su
propio esposo había hecho en la carpintería de su hermano y la había decorado
con sus nombres en las esquinas. Tomó agua de un cántaro de barro y se fue a la
habitación con el retrato en las manos. Qué chingados hiciste para que te
desaparecieran, le gritó a su marido en la intimidad del cuarto. Y se tumbó en
la cama.
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