diciembre 22, 2023

Ofuscación

Eran poco más de las cinco de la tarde y el sol seguía cayendo a plomo, achicharrando la piel y marchitando los últimos ánimos tras una jornada extenuante, cuando se retorció con un crujido de tripas que le recordaba que no había probado bocado en todo el día.
Llevaba más de diez horas toreando los carros que pasaban junto a él inmisericordes, conducidos por gente que no lo veía, en aquel crucero perdido en la maraña de aquella ciudad al norte de aquel estado en el que el narco intimidaba a los migrantes, tan lejos de su cabaña en aquel bosque maderero de aquel estado sureño en el que los apoyos gubernamentales se diluían entre la marginación.
Sentía quemada la testa, le dolía la cabeza, le ardían los ojos por el sudor que le chorreaba desde la coronilla, respiraba pesado aquel aire caliente, se le resecaban los labios y tenía la boca seca.
Le dolían los músculos de todo el cuerpo, de vez en vez se le acalambraba alguna extremidad, y sentía que iba a reventar los tenis desvencijados de lo hinchados que tenía los pies, que a pesar de tanto dolor y tanta comezón parecían una parte muerta.
Tenía los dedos de las manos entumecidos de estar sujetando la cartulina que era su grito de ayuda que nadie escuchaba. Soy migrante, le presentaba. Ayúdame a llegar al norte, pedía. Y sus ojos suplicantes hacían marco al cartel, reflejando todo el dolor de quien se arranca la vida para buscar otra.
El rojo del semáforo marcó otro alto y recorrió la hilera de coches arrastrando los pies. No alcanzaba a distinguir los rostros impávidos tras los cristales, polarizados contra el sol estival y las crudas realidades. Sólo distinguía, si acaso, las manos revolviendo el aire refrigerado al hacer alguna seña de negación.
Cuando el semáforo cambió a verde se escabulló entre el tráfico hacia la banqueta, hasta una banca que descansaba bajo una jacaranda. Se dejó caer lentamente, y respiró profundo. Se sintió totalmente vulnerable ante la muerte, dos lágrimas le brotaron y se mezclaron con el sudor de su rostro en una amalgama de desolación.
Las tripas se le arremolinaron otro poco, gorgoteando. Se quitó la mochila y la abrió con la solemnidad de quien prepara un ritual, sacó una botella de agave barato con el que malabareaba el hambre y la desesperación, y bebió el último trago sintiendo cómo el líquido ambarino se escurría calentándole las entrañas. Exhaló despacio, desparramándose en la banca, y se quedó así un instante. Se le nubló la vista y se le taparon los oídos. Tenía la cabeza echada para atrás y veía las flores violetas de la jacaranda danzando en el cielo, mientras escuchaba como un murmullo apenas perceptible el ruido del quehacer rutinario.
De su mano relajada resbaló la botella vacía, y su sonido al golpear el suelo lo hizo voltear a ver. Junto a la botella estaba tirado un palo, como de un metro de largo y unos cinco centímetros de diámetro. Estiró la mano y lo agarró, y al levantarlo una astilla se le clavó en la yema del dedo índice. Su única reacción fue pasarse el palo a la otra mano y se chupó el dedo lastimado, mordisqueando donde estaba la astilla, hasta que salió y la escupió.
Su mente se había quedado en blanco y le zumbaban los oídos. Tenía la mirada fija al frente, viendo con desdén la fila de vehículos que iban formándose, y moviendo ligeramente los dedos de la mano con que tenía tomado el palo, notando su textura irregular. Los latidos se le revolucionaron y empezó a hiperventilar, y una punzada en las sienes le obligó a apretar los dientes.
En ese momento el semáforo cambió a rojo, un impulso eléctrico lo sacudió y se puso de pie apretando el palo con la mano. Un camión de transporte urbano sobresalía entre los coches y caminó hacia él. El chofer estaba enfocado en la luz roja, como un piloto de automovilismo esperando a iniciar una carrera, y no se percató de su presencia acercándose.
De repente fue como si el tiempo transcurriera muy rápido, y percibía la luz solar como un intenso resplandor que se reflejaba desde el pavimento, la lámina de los coches, los cristales... Y estaba junto al chofer del camión gritándole que se quitara del asiento, amenazándolo con el palo. Había pocos pasajeros en el camión, y las mujeres empezaron a gritar, asustadas. Ordenó que todos descendieran. Un niño que portaba unos audífonos enormes para su cabecita, cuya banda rota había sido reparada con mucha cinta marrón, veía por la ventana y estaba ajeno a lo que sucedía, por lo que se sobresaltó al ser tomado en brazos por su abuelo intempestivamente. Mientras el abuelo se apresuraba a bajar de la unidad cargando al niño, éste no le quitó la vista. Era una mirada serena, compasiva.
Se acomodó en el asiento del chofer y puso el carromato en marcha sin saber a ciencia cierta qué rumbo tomar, pero impulsado por un sentimiento de liberación mientras pisaba el acelerador. Un viento refrescante invadió el interior del camión mientras avanzaba, sacudiéndole los cabellos y acomodándole las ideas. Tomó el bulevar que tenía una arboleda central que le gustaba recorrer a pie, recordando que ese lo dirigía a una salida de la ciudad. Conducía tranquilo, como si hubiera salido a pasear.
Cuando se acercaba al final del bulevar empezó a escuchar sirenas desde varias direcciones, como si lo rodearan. Pero siguió conduciendo en calma. Justo cuando viró hacia la vía que lo sacaba de la ciudad, aparecieron varias patrullas en los retrovisores. Sonrió. No aceleró la marcha pero ya no se detuvo en los semáforos. En un cruce apenas libró un coche, pero no se alteró. Había una profunda calma en su interior.
Entonces, la avenida se convirtió en una carretera y sobre el horizonte miró unos cerros lejanos. Otra vez le brotaron lágrimas, pero éstas eran dulces. Miró los retrovisores llenos de torretas azules y rojas, y dio un respiro largo, exhalando lento las penas mezcladas con el dióxido de carbono. Empezó a soltar el pedal y a orillar el camión, hasta detenerse en el acotamiento. Junto a la carretera había un sembradío de sorgo, y mientras bajaba del vehículo observó un tordo sargento parado sobre una espiga. De pronto se vio rodeado de policías, y el pajarillo voló. Cerró los ojos. Lo zarandearon y le pusieron esposas. Los policías gritaban pero él no ponía atención a sus palabras, sólo se dejaba abrazar por el sol y sonreía.

noviembre 03, 2023

Mujer de blanco

Dicen que sucedió hace décadas, durante una fresca noche otoñal, tal vez a finales de noviembre, tal vez a principios de diciembre.
Por aquellos tiempos se celebraban bailes en La Pérgola, una gran pila de roca que algunos años antes había sido construida en las faldas del Cerro de la Memoria para la distribución de agua hacia la ciudad, y que aún tiene, precisamente, una pérgola que sirve de mirador.
Un joven elegante y buen mozo que acudió a uno de aquellos bailes, llegó al lugar y se quedó de pie bajo la pérgola observando el paisaje.
Su vista inició el recorrido en el horizonte, en los cerros que bordean la bahía, se fue arrastrando sobre los campos cañeros que rodeaban la ciudad, se fijó un instante en el ingenio azucarero aún con sus luces encendidas y las chimeneas humeantes, se paseó por aquellas calles que ya marcaban un trazo perfecto, e inclinando un poco la cabeza, se perdió absorto entre el laberinto de tumbas del camposanto que está al pie del cerro.
Un viento suave y gélido danzó alrededor de La Pérgola en ese momento, al ritmo de la banda que interpretaba las primeras notas de la noche, y se sintió como un soplo mentolado en los rostros iluminados por las candelas y la luna. Un escalofrío sacudió a aquel joven, que se espabiló ajustándose la chamarra y metiendo las manos en los bolsillos.
Sus amigos hacían bulla y de vez en cuando alguno sacaba a bailar a una muchacha, pero no había una que llamara la atención de él.
Los jóvenes vestían pantalones acampanados o de pana, mientras que las muchachas desafiaban el frío con vestidos y faldas arriba de la rodilla.
Habían transcurrido algunos minutos cuando una brisa le acarició las mejillas y atrajo su mirada hacia donde estaba la escalinata de acceso, una chica vestida de blanco y de una belleza etérea se abría paso entre las parejitas. La palidez de su piel evocaba un paisaje de nubes y de nieve, pero había calidez en la profundidad de sus ojos.
No esperó a que llegara a hasta donde él estaba, fue a su encuentro a mitad de la pista de baile, y con labios temblorosos, ya por el frío ya por los nervios, le preguntó si le concedía la pieza. Ella respondió con un sí que sonó como el silbido del viento, mirándolo fijamente y sin expresión en el rostro.
El joven sintió el cuerpo de la chica inusualmente frío, pero estaba embelesado en aquellos ojos que se clavaban en los suyos y le tocaban el alma.
La atmósfera se volvió densa y la música llegaba a sus oídos como un susurro, como si bailaran dentro de una burbuja, como en otra dimensión, fuera de la realidad.
De pronto, ella preguntó la hora, y al mirar su reloj, él se sorprendió de que ya fuera medianoche. Ella dijo que tenía que irse y él le propuso acompañarla.
Bajaron la escalinata tomados de la mano, y fue entonces que él reparó en sus dedos fríos. Se quitó la chamarra y se la puso a ella, sonriéndole, pero el rostro de la chica seguía inexpresivo.
Caminaron hacia una colonia cercana al cerro, y durante el trayecto él observó que la fiesta seguía en La Pérgola.
La chica se detuvo en medio de una calle oscura y señaló una casa. Él le dijo que se quedara con la chamarra y así aprovechaba para verla al día siguiente. Ella caminó hacia la puerta y entró. Sólo hasta unos minutos después él cayó en cuenta que no había escuchado el sonido de la puerta al abrirse y cerrarse, pero no le dio más vueltas al asunto. Otro escalofrío le recorrió la espina dorsal y se encorvó frotándose los brazos.
El joven soñó toda la noche con aquel bello rostro pálido e inexpresivo, y la profundidad de esos ojos que le revolucionaba los latidos y lo sacaba de este mundo.
Al día siguiente, tal como había prometido, regresó a la casa de su amada, con un presentimiento arremolinándole las tripas.
Una mujer abrió la puerta atendiendo el toc toc, y el joven preguntó por la muchacha. El semblante de la mujer se desencajó, y tras un instante de perturbación, respondió preguntando qué quería con un dejo de molestia en el entrecejo.
El joven, que se sintió incómodo con la reacción de la mujer, contó apresurado lo sucedido la noche anterior, y la cara de la mujer sólo se descuadraba más conforme escuchaba el relato.
Con una sensación inefable que le apretaba el pecho, el joven dijo que sólo quería su chamarra para marcharse. Sin embargo, la mujer lo invitó a pasar, con la voz entrecortada.
Ya en la sala, miró sobre un mueble una fotografía de su amada, y el corazón le rebotaba en el tórax presintiendo que escucharía algo estrujante.
La mujer tomó el retrato acurrucándolo en su vientre, y dijo que era su hija. Él asintió esperando la noticia. Y la mujer lo soltó sin más: su hija estaba muerta desde hacía algunos años.
El joven sintió que su corazón, el tiempo y el universo se detuvieron. Se llevó las manos a la cabeza diciendo que aquello no era verdad. No se dio cuenta que estaba gritando.
Otras personas de la casa acudieron a la sala y al enterarse de lo que estaba pasando se quedaban perplejos. Las mujeres lloraban y los hombres trataban de calmar al joven, quien decía que estaban tratando de volverlo loco y llamaba a gritos a su amada creyendo que estaría en alguna habitación.
Para hacerlo entrar en razón le dijeron que lo llevarían ante la tumba de aquella hija a la que aún añoraban. Y todos se dirigieron al panteón cargando un cúmulo de sentimientos que hicieron eterno el camino.
Empezaba a caer la tarde cuando llegaron, y el tizne que emanaba de las chimeneas del ingenio se esparcía por el aire en toda la ciudad.
Al pararse frente a la tumba todos se sobresaltaron, y se desató la locura. Al joven se le revolvió la razón en el estómago y vomitó la cordura. Sobre la cruz que coronaba la sepultura estaba la chamarra.