Eran poco más de las cinco de la tarde y el sol seguía cayendo a plomo, achicharrando la piel y marchitando los últimos ánimos tras una jornada extenuante, cuando se retorció con un crujido de tripas que le recordaba que no había probado bocado en todo el día.
Llevaba más de diez horas toreando los carros que pasaban junto a él inmisericordes, conducidos por gente que no lo veía, en aquel crucero perdido en la maraña de aquella ciudad al norte de aquel estado en el que el narco intimidaba a los migrantes, tan lejos de su cabaña en aquel bosque maderero de aquel estado sureño en el que los apoyos gubernamentales se diluían entre la marginación.
Sentía quemada la testa, le dolía la cabeza, le ardían los ojos por el sudor que le chorreaba desde la coronilla, respiraba pesado aquel aire caliente, se le resecaban los labios y tenía la boca seca.
Le dolían los músculos de todo el cuerpo, de vez en vez se le acalambraba alguna extremidad, y sentía que iba a reventar los tenis desvencijados de lo hinchados que tenía los pies, que a pesar de tanto dolor y tanta comezón parecían una parte muerta.
Tenía los dedos de las manos entumecidos de estar sujetando la cartulina que era su grito de ayuda que nadie escuchaba. Soy migrante, le presentaba. Ayúdame a llegar al norte, pedía. Y sus ojos suplicantes hacían marco al cartel, reflejando todo el dolor de quien se arranca la vida para buscar otra.
El rojo del semáforo marcó otro alto y recorrió la hilera de coches arrastrando los pies. No alcanzaba a distinguir los rostros impávidos tras los cristales, polarizados contra el sol estival y las crudas realidades. Sólo distinguía, si acaso, las manos revolviendo el aire refrigerado al hacer alguna seña de negación.
Cuando el semáforo cambió a verde se escabulló entre el tráfico hacia la banqueta, hasta una banca que descansaba bajo una jacaranda. Se dejó caer lentamente, y respiró profundo. Se sintió totalmente vulnerable ante la muerte, dos lágrimas le brotaron y se mezclaron con el sudor de su rostro en una amalgama de desolación.
Las tripas se le arremolinaron otro poco, gorgoteando. Se quitó la mochila y la abrió con la solemnidad de quien prepara un ritual, sacó una botella de agave barato con el que malabareaba el hambre y la desesperación, y bebió el último trago sintiendo cómo el líquido ambarino se escurría calentándole las entrañas. Exhaló despacio, desparramándose en la banca, y se quedó así un instante. Se le nubló la vista y se le taparon los oídos. Tenía la cabeza echada para atrás y veía las flores violetas de la jacaranda danzando en el cielo, mientras escuchaba como un murmullo apenas perceptible el ruido del quehacer rutinario.
De su mano relajada resbaló la botella vacía, y su sonido al golpear el suelo lo hizo voltear a ver. Junto a la botella estaba tirado un palo, como de un metro de largo y unos cinco centímetros de diámetro. Estiró la mano y lo agarró, y al levantarlo una astilla se le clavó en la yema del dedo índice. Su única reacción fue pasarse el palo a la otra mano y se chupó el dedo lastimado, mordisqueando donde estaba la astilla, hasta que salió y la escupió.
Su mente se había quedado en blanco y le zumbaban los oídos. Tenía la mirada fija al frente, viendo con desdén la fila de vehículos que iban formándose, y moviendo ligeramente los dedos de la mano con que tenía tomado el palo, notando su textura irregular. Los latidos se le revolucionaron y empezó a hiperventilar, y una punzada en las sienes le obligó a apretar los dientes.
En ese momento el semáforo cambió a rojo, un impulso eléctrico lo sacudió y se puso de pie apretando el palo con la mano. Un camión de transporte urbano sobresalía entre los coches y caminó hacia él. El chofer estaba enfocado en la luz roja, como un piloto de automovilismo esperando a iniciar una carrera, y no se percató de su presencia acercándose.
De repente fue como si el tiempo transcurriera muy rápido, y percibía la luz solar como un intenso resplandor que se reflejaba desde el pavimento, la lámina de los coches, los cristales... Y estaba junto al chofer del camión gritándole que se quitara del asiento, amenazándolo con el palo. Había pocos pasajeros en el camión, y las mujeres empezaron a gritar, asustadas. Ordenó que todos descendieran. Un niño que portaba unos audífonos enormes para su cabecita, cuya banda rota había sido reparada con mucha cinta marrón, veía por la ventana y estaba ajeno a lo que sucedía, por lo que se sobresaltó al ser tomado en brazos por su abuelo intempestivamente. Mientras el abuelo se apresuraba a bajar de la unidad cargando al niño, éste no le quitó la vista. Era una mirada serena, compasiva.
Se acomodó en el asiento del chofer y puso el carromato en marcha sin saber a ciencia cierta qué rumbo tomar, pero impulsado por un sentimiento de liberación mientras pisaba el acelerador. Un viento refrescante invadió el interior del camión mientras avanzaba, sacudiéndole los cabellos y acomodándole las ideas. Tomó el bulevar que tenía una arboleda central que le gustaba recorrer a pie, recordando que ese lo dirigía a una salida de la ciudad. Conducía tranquilo, como si hubiera salido a pasear.
Cuando se acercaba al final del bulevar empezó a escuchar sirenas desde varias direcciones, como si lo rodearan. Pero siguió conduciendo en calma. Justo cuando viró hacia la vía que lo sacaba de la ciudad, aparecieron varias patrullas en los retrovisores. Sonrió. No aceleró la marcha pero ya no se detuvo en los semáforos. En un cruce apenas libró un coche, pero no se alteró. Había una profunda calma en su interior.
Entonces, la avenida se convirtió en una carretera y sobre el horizonte miró unos cerros lejanos. Otra vez le brotaron lágrimas, pero éstas eran dulces. Miró los retrovisores llenos de torretas azules y rojas, y dio un respiro largo, exhalando lento las penas mezcladas con el dióxido de carbono. Empezó a soltar el pedal y a orillar el camión, hasta detenerse en el acotamiento. Junto a la carretera había un sembradío de sorgo, y mientras bajaba del vehículo observó un tordo sargento parado sobre una espiga. De pronto se vio rodeado de policías, y el pajarillo voló. Cerró los ojos. Lo zarandearon y le pusieron esposas. Los policías gritaban pero él no ponía atención a sus palabras, sólo se dejaba abrazar por el sol y sonreía.
Llevaba más de diez horas toreando los carros que pasaban junto a él inmisericordes, conducidos por gente que no lo veía, en aquel crucero perdido en la maraña de aquella ciudad al norte de aquel estado en el que el narco intimidaba a los migrantes, tan lejos de su cabaña en aquel bosque maderero de aquel estado sureño en el que los apoyos gubernamentales se diluían entre la marginación.
Sentía quemada la testa, le dolía la cabeza, le ardían los ojos por el sudor que le chorreaba desde la coronilla, respiraba pesado aquel aire caliente, se le resecaban los labios y tenía la boca seca.
Le dolían los músculos de todo el cuerpo, de vez en vez se le acalambraba alguna extremidad, y sentía que iba a reventar los tenis desvencijados de lo hinchados que tenía los pies, que a pesar de tanto dolor y tanta comezón parecían una parte muerta.
Tenía los dedos de las manos entumecidos de estar sujetando la cartulina que era su grito de ayuda que nadie escuchaba. Soy migrante, le presentaba. Ayúdame a llegar al norte, pedía. Y sus ojos suplicantes hacían marco al cartel, reflejando todo el dolor de quien se arranca la vida para buscar otra.
El rojo del semáforo marcó otro alto y recorrió la hilera de coches arrastrando los pies. No alcanzaba a distinguir los rostros impávidos tras los cristales, polarizados contra el sol estival y las crudas realidades. Sólo distinguía, si acaso, las manos revolviendo el aire refrigerado al hacer alguna seña de negación.
Cuando el semáforo cambió a verde se escabulló entre el tráfico hacia la banqueta, hasta una banca que descansaba bajo una jacaranda. Se dejó caer lentamente, y respiró profundo. Se sintió totalmente vulnerable ante la muerte, dos lágrimas le brotaron y se mezclaron con el sudor de su rostro en una amalgama de desolación.
Las tripas se le arremolinaron otro poco, gorgoteando. Se quitó la mochila y la abrió con la solemnidad de quien prepara un ritual, sacó una botella de agave barato con el que malabareaba el hambre y la desesperación, y bebió el último trago sintiendo cómo el líquido ambarino se escurría calentándole las entrañas. Exhaló despacio, desparramándose en la banca, y se quedó así un instante. Se le nubló la vista y se le taparon los oídos. Tenía la cabeza echada para atrás y veía las flores violetas de la jacaranda danzando en el cielo, mientras escuchaba como un murmullo apenas perceptible el ruido del quehacer rutinario.
De su mano relajada resbaló la botella vacía, y su sonido al golpear el suelo lo hizo voltear a ver. Junto a la botella estaba tirado un palo, como de un metro de largo y unos cinco centímetros de diámetro. Estiró la mano y lo agarró, y al levantarlo una astilla se le clavó en la yema del dedo índice. Su única reacción fue pasarse el palo a la otra mano y se chupó el dedo lastimado, mordisqueando donde estaba la astilla, hasta que salió y la escupió.
Su mente se había quedado en blanco y le zumbaban los oídos. Tenía la mirada fija al frente, viendo con desdén la fila de vehículos que iban formándose, y moviendo ligeramente los dedos de la mano con que tenía tomado el palo, notando su textura irregular. Los latidos se le revolucionaron y empezó a hiperventilar, y una punzada en las sienes le obligó a apretar los dientes.
En ese momento el semáforo cambió a rojo, un impulso eléctrico lo sacudió y se puso de pie apretando el palo con la mano. Un camión de transporte urbano sobresalía entre los coches y caminó hacia él. El chofer estaba enfocado en la luz roja, como un piloto de automovilismo esperando a iniciar una carrera, y no se percató de su presencia acercándose.
De repente fue como si el tiempo transcurriera muy rápido, y percibía la luz solar como un intenso resplandor que se reflejaba desde el pavimento, la lámina de los coches, los cristales... Y estaba junto al chofer del camión gritándole que se quitara del asiento, amenazándolo con el palo. Había pocos pasajeros en el camión, y las mujeres empezaron a gritar, asustadas. Ordenó que todos descendieran. Un niño que portaba unos audífonos enormes para su cabecita, cuya banda rota había sido reparada con mucha cinta marrón, veía por la ventana y estaba ajeno a lo que sucedía, por lo que se sobresaltó al ser tomado en brazos por su abuelo intempestivamente. Mientras el abuelo se apresuraba a bajar de la unidad cargando al niño, éste no le quitó la vista. Era una mirada serena, compasiva.
Se acomodó en el asiento del chofer y puso el carromato en marcha sin saber a ciencia cierta qué rumbo tomar, pero impulsado por un sentimiento de liberación mientras pisaba el acelerador. Un viento refrescante invadió el interior del camión mientras avanzaba, sacudiéndole los cabellos y acomodándole las ideas. Tomó el bulevar que tenía una arboleda central que le gustaba recorrer a pie, recordando que ese lo dirigía a una salida de la ciudad. Conducía tranquilo, como si hubiera salido a pasear.
Cuando se acercaba al final del bulevar empezó a escuchar sirenas desde varias direcciones, como si lo rodearan. Pero siguió conduciendo en calma. Justo cuando viró hacia la vía que lo sacaba de la ciudad, aparecieron varias patrullas en los retrovisores. Sonrió. No aceleró la marcha pero ya no se detuvo en los semáforos. En un cruce apenas libró un coche, pero no se alteró. Había una profunda calma en su interior.
Entonces, la avenida se convirtió en una carretera y sobre el horizonte miró unos cerros lejanos. Otra vez le brotaron lágrimas, pero éstas eran dulces. Miró los retrovisores llenos de torretas azules y rojas, y dio un respiro largo, exhalando lento las penas mezcladas con el dióxido de carbono. Empezó a soltar el pedal y a orillar el camión, hasta detenerse en el acotamiento. Junto a la carretera había un sembradío de sorgo, y mientras bajaba del vehículo observó un tordo sargento parado sobre una espiga. De pronto se vio rodeado de policías, y el pajarillo voló. Cerró los ojos. Lo zarandearon y le pusieron esposas. Los policías gritaban pero él no ponía atención a sus palabras, sólo se dejaba abrazar por el sol y sonreía.
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