Se agazapó tras un coche frente a aquella casa que era su hogar soñado, y esperó desesperado, ya no resistía estar lejos de su mujer.
Miró que la Cande salió de la casa, sola. Sabía que a esa hora se iba al trabajo. Observó que llevaba la cadenita de oro con figuras de girasoles que le regaló el último 14 de febrero que estuvieron juntos, y puso atención a su mano izquierda buscando la argolla con la que se prometieron fidelidad.
El día anterior había sido San Valentín, otro que no habían pasado juntos, pero ahora estaba otra vez a unos metros de ella deseando abrazarla y que todo fuera como antes.
Se sentía tan nervioso como la primera vez que se atrevió a hablarle. Saboreó con la vista aquel contoneo de caderas que le aceleraba el ritmo de su latido, y aspiró profundamente tratando de percibir el aroma frutal de la crema que seguramente se habría frotado en todo el cuerpo y el perfume floral del que solía colocarse sólo unas gotas detrás de las orejas. Y la imaginó desnuda mientras olía el aire hiemal.
La seguía a una distancia prudente para no ser visto, y cuando se acercaban a la esquina por donde pasaba el camión avanzó hacia ella. Ya estando a un par de pasos le soltó un hola que la sobresaltó. Qué chingados haces aquí, le cuestionó ella cuando del susto pasó al coraje. Quiero que vuelvas conmigo, le suplicó el Pancho. Estás bien pendejo, le respondió. Un ruta Buenos Aires frenó frente a ellos, y él abordó detrás de ella.
Se sentaron en uno de los asientos del fondo. Tenía muchas ganas de verte, dijo el Pancho mientras se acomodaba pasándole el brazo por detrás de los hombros. Pues yo no, reviró la Cande. Y ya sabes que no deberías estar aquí, reiteró. Él insistió en que la amaba y no podía seguir lejos de ella y de sus hijos, jurando que estaba arrepentido de todo lo que había pasado y prometiendo que ahora sería diferente. Ella le reclamó que siguiera drogándose y le recordó que tenía una orden de restricción por todo aquel maltrato que le había magullado la vida hasta que no soportó.
El Pancho suplicó y suplicó, incluso con ojos llorosos. Y la Cande lo rechazó tajante, incluso ya con el odio que alguna vez sintió transformado en indiferencia.
La situación dió un giro vertiginoso en cuestión de segundos. Las respuestas químicas se dispararon en el área septal del cerebro de él. Es porque andas con otros, acusó. Se le secó la boca y se agitó su respiración. Dime con quién te revuelcas, cuestionó. Sintió como si le hubieran dado un gancho en el estómago. Cómo es posible que andes cogiendo con otros en nuestra cama, reclamó. Y una punzada le estalló un dolor agudo en la cabeza. Una mezcla de tristeza e ira lo sacudió. Vas a chingar a tu madre, soltó con voz entrecortada. Entonces se transfiguró. Te voy a matar, sentenció mirándola fijamente a los ojos.
A ella se le activó el estado de alerta mientras seguía con la vista aquella mano que alguna vez la estremeció con sus caricias ahora escarbando en búsqueda del instrumento de muerte. La hoja de acero lanzó una advertencia luminosa al salir de su escondite, y la vida se le escapó un poco sólo de verla. Sintió una presión en las sienes y en el pecho, y le empezaron a temblar las manos y las piernas, pero estaba petrificada en el asiento.
Un neuropéptido fue liberado del núcleo parabraquial lateral hacia el rafe dorsal del cerebro de ella: se agitó su respiración, se disparó su ritmo cardiaco y aumentó su temperatura corporal. Saltó del asiento para tratar de escapar, pero un brazo fuerte que antes la confortó ahora la aprisionó y la lanzó de nuevo al asiento. Pavorida miró el cuchillo alzado en el aire. El que ríe al último ríe mejor, dijo el Pancho a modo de veredicto. Y yo voy a reír mejor, finalizó.
Dejó caer el cuchillo con intenciones mortales, pero ella reaccionó con la fuerza ancestral de la rebelión femenina y el amor propio, tomando el filo con la palma de la mano derecha y atrapándola con la izquierda. La sangre escurrió por la muñeca que alguna vez pensó cortar para terminar con la vida que ahora defendía, pero se aferró al arma y lanzó un grito, más de guerra que de miedo.
El alboroto estalló en el interior del camión urbano, y el Pancho recuperó el cuchillo con un jalón, salpicando sangre varios metros rededor, provocando más gritos. El chofer detuvo el carromato y los pasajeros bajaron apresurados y con cara de espanto. Obnubilado por la ira, el Pancho lanzó cuchilladas buscando el cuello de la Cande, que atravesó los brazos en forma de cruz salvadora.
Desde su perspectiva, ella lo veía como un monstruo de ojos enrojecidos, que jadeaba y babeaba. Lo veía como un animal rabioso encima de ella. La mano ofensiva golpeaba una y otra vez su antebrazo, y el filo del arma rasgaba el grueso acolchado de su chamarra. Lloraba, aunque no era consciente de ello, y pensó que iba a morir. Sin embargo, la punta del cuchillo apenas llegaba a su cara, haciéndole sólo pequeños cortes.
De repente, el Pancho cesó el ataque y se quedó paralizado un instante, con el cuchillo en alto y mirándola con un odio tan profundo como el negro de sus pupilas dilatadas. Sin quitarle la mirada a ella, se pasó el filo por el pecho en una diagonal simbólica. Y luego camino tranquilo hacia el exterior del camión.
Temblorosa e inmóvil, la Cande lo siguió con la vista hasta que él estuvo en la calle, y miró que entre varios hombres lo sometieron, derribándolo en el asfalto. Observó sus brazos y sus manos, y conforme fue siendo consciente de sus heridas, fue sintiendo el dolor que emanaba en cada una de ellas. Dos mujeres llegaron y una de ellas le envolvió con un trapo la mano cortada, y le ayudaron a bajar del camión. Sentía las piernas pesadas, como entumidas, pero quería liberarse de aquel escenario trágico.
Cuando puso los pies en la calle dirigió la vista hacia el Pancho, que tenía la mejilla izquierda pegada al suelo y dos hombres sujetándolo. Es que te amo Cande, le gritó él. Es por amor, insistió. Y justo en ese momento una brisa le acarició el rostro a ella, y todo su pasado brotó en un llanto, escurriéndose hacia el olvido.
Miró que la Cande salió de la casa, sola. Sabía que a esa hora se iba al trabajo. Observó que llevaba la cadenita de oro con figuras de girasoles que le regaló el último 14 de febrero que estuvieron juntos, y puso atención a su mano izquierda buscando la argolla con la que se prometieron fidelidad.
El día anterior había sido San Valentín, otro que no habían pasado juntos, pero ahora estaba otra vez a unos metros de ella deseando abrazarla y que todo fuera como antes.
Se sentía tan nervioso como la primera vez que se atrevió a hablarle. Saboreó con la vista aquel contoneo de caderas que le aceleraba el ritmo de su latido, y aspiró profundamente tratando de percibir el aroma frutal de la crema que seguramente se habría frotado en todo el cuerpo y el perfume floral del que solía colocarse sólo unas gotas detrás de las orejas. Y la imaginó desnuda mientras olía el aire hiemal.
La seguía a una distancia prudente para no ser visto, y cuando se acercaban a la esquina por donde pasaba el camión avanzó hacia ella. Ya estando a un par de pasos le soltó un hola que la sobresaltó. Qué chingados haces aquí, le cuestionó ella cuando del susto pasó al coraje. Quiero que vuelvas conmigo, le suplicó el Pancho. Estás bien pendejo, le respondió. Un ruta Buenos Aires frenó frente a ellos, y él abordó detrás de ella.
Se sentaron en uno de los asientos del fondo. Tenía muchas ganas de verte, dijo el Pancho mientras se acomodaba pasándole el brazo por detrás de los hombros. Pues yo no, reviró la Cande. Y ya sabes que no deberías estar aquí, reiteró. Él insistió en que la amaba y no podía seguir lejos de ella y de sus hijos, jurando que estaba arrepentido de todo lo que había pasado y prometiendo que ahora sería diferente. Ella le reclamó que siguiera drogándose y le recordó que tenía una orden de restricción por todo aquel maltrato que le había magullado la vida hasta que no soportó.
El Pancho suplicó y suplicó, incluso con ojos llorosos. Y la Cande lo rechazó tajante, incluso ya con el odio que alguna vez sintió transformado en indiferencia.
La situación dió un giro vertiginoso en cuestión de segundos. Las respuestas químicas se dispararon en el área septal del cerebro de él. Es porque andas con otros, acusó. Se le secó la boca y se agitó su respiración. Dime con quién te revuelcas, cuestionó. Sintió como si le hubieran dado un gancho en el estómago. Cómo es posible que andes cogiendo con otros en nuestra cama, reclamó. Y una punzada le estalló un dolor agudo en la cabeza. Una mezcla de tristeza e ira lo sacudió. Vas a chingar a tu madre, soltó con voz entrecortada. Entonces se transfiguró. Te voy a matar, sentenció mirándola fijamente a los ojos.
A ella se le activó el estado de alerta mientras seguía con la vista aquella mano que alguna vez la estremeció con sus caricias ahora escarbando en búsqueda del instrumento de muerte. La hoja de acero lanzó una advertencia luminosa al salir de su escondite, y la vida se le escapó un poco sólo de verla. Sintió una presión en las sienes y en el pecho, y le empezaron a temblar las manos y las piernas, pero estaba petrificada en el asiento.
Un neuropéptido fue liberado del núcleo parabraquial lateral hacia el rafe dorsal del cerebro de ella: se agitó su respiración, se disparó su ritmo cardiaco y aumentó su temperatura corporal. Saltó del asiento para tratar de escapar, pero un brazo fuerte que antes la confortó ahora la aprisionó y la lanzó de nuevo al asiento. Pavorida miró el cuchillo alzado en el aire. El que ríe al último ríe mejor, dijo el Pancho a modo de veredicto. Y yo voy a reír mejor, finalizó.
Dejó caer el cuchillo con intenciones mortales, pero ella reaccionó con la fuerza ancestral de la rebelión femenina y el amor propio, tomando el filo con la palma de la mano derecha y atrapándola con la izquierda. La sangre escurrió por la muñeca que alguna vez pensó cortar para terminar con la vida que ahora defendía, pero se aferró al arma y lanzó un grito, más de guerra que de miedo.
El alboroto estalló en el interior del camión urbano, y el Pancho recuperó el cuchillo con un jalón, salpicando sangre varios metros rededor, provocando más gritos. El chofer detuvo el carromato y los pasajeros bajaron apresurados y con cara de espanto. Obnubilado por la ira, el Pancho lanzó cuchilladas buscando el cuello de la Cande, que atravesó los brazos en forma de cruz salvadora.
Desde su perspectiva, ella lo veía como un monstruo de ojos enrojecidos, que jadeaba y babeaba. Lo veía como un animal rabioso encima de ella. La mano ofensiva golpeaba una y otra vez su antebrazo, y el filo del arma rasgaba el grueso acolchado de su chamarra. Lloraba, aunque no era consciente de ello, y pensó que iba a morir. Sin embargo, la punta del cuchillo apenas llegaba a su cara, haciéndole sólo pequeños cortes.
De repente, el Pancho cesó el ataque y se quedó paralizado un instante, con el cuchillo en alto y mirándola con un odio tan profundo como el negro de sus pupilas dilatadas. Sin quitarle la mirada a ella, se pasó el filo por el pecho en una diagonal simbólica. Y luego camino tranquilo hacia el exterior del camión.
Temblorosa e inmóvil, la Cande lo siguió con la vista hasta que él estuvo en la calle, y miró que entre varios hombres lo sometieron, derribándolo en el asfalto. Observó sus brazos y sus manos, y conforme fue siendo consciente de sus heridas, fue sintiendo el dolor que emanaba en cada una de ellas. Dos mujeres llegaron y una de ellas le envolvió con un trapo la mano cortada, y le ayudaron a bajar del camión. Sentía las piernas pesadas, como entumidas, pero quería liberarse de aquel escenario trágico.
Cuando puso los pies en la calle dirigió la vista hacia el Pancho, que tenía la mejilla izquierda pegada al suelo y dos hombres sujetándolo. Es que te amo Cande, le gritó él. Es por amor, insistió. Y justo en ese momento una brisa le acarició el rostro a ella, y todo su pasado brotó en un llanto, escurriéndose hacia el olvido.
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