julio 06, 2025

Huida

Se detuvo sobre el antepecho de la ventana y giró el rostro hacia el interior de la casa, hasta ese momento fue consciente de la magnitud de lo que había hecho, y de que se desprendía de su pasado. Miró su reflejo en el cristal de un retrato familiar que estaba sobre la mesita de centro en la sala, pero no se identificó a sí mismo en la figura deforme que observaba: aquella no era la silueta de un hombre, sino la de un chacal.
Saltó al exterior, se aseguró de que no hubiera alguien en la calle pese a que todavía faltaban un par de horas para el amanecer, y corrió sin saber a dónde, corrió tan rápido como pudo y hasta agotarse. Cuando paró, estaba bajo un árbol a la orilla de un canal de riego, en las afueras de la ciudad. Se dejó caer de rodillas y arqueó el cuerpo, doblegado por la asfixia y la náusea. Vomitó sus restos de locura mezclados con un líquido amarillento y ácido. Al recuperar la cordura, se dio cuenta que aún se aferraba al martillo ensangrentado con su mano derecha. Lo arrojó casi sin fuerza, y se derrumbó.
Estuvo sentado bajo el árbol durante un par de horas, sin pensar claramente. Se frotaba las manos, se tallaba las piernas, se daba golpecitos en la cabeza y se jalaba los cabellos. Le daba vueltas a la idea de regresar, más que por arrepentimiento, impulsado por la inquietud de saber si aquello se descubriría pronto. Se levantó de repente y caminó hacia donde había quedado tirado el martillo, lo tomó de nuevo con la mano derecha, sintiendo la madera de la empuñadura calentada por el sol que apenas se había levantado un poco sobre el horizonte, y que todavía se sentía estival aunque ya era otoño. Miró de cerca la sangre que ya era una costra seca pegada a la herramienta, y se perdió en las marcas que había formado y en sus tonalidades. Hasta que lo sorprendió el ruido de un coche lejano, y arrojó el martillo a las aguas del canal.
Caminó decidido de regreso a la casa, y la distancia se le hizo mucho más larga esta vez. Varias calles antes de llegar, observó que ya había patrullas en el sitio, y se detuvo frente a una casa con tienda de abarrotes, donde había un frondoso árbol de algodón. Se recargó en el tronco mientras miraba las diligencias policiales. Qué feo lo que pasó, le dijo una mujer mayor que salía con una bolsa de mandado. No dijo más, pero él ya sabía aquello que no se dijo. La mujer se alejó meneando la cabeza y caminando con dificultad, semiencorvada. Otras patrullas llegaron al lugar desde diferentes direcciones, y a la distancia observó que alguien les daba instrucciones y volvían a irse. Ya lo saben, pensó. Y se fue de ahí caminando tranquilo, escabulléndose en la rutina del quehacer diario.
Caminó hacia el poniente de la ciudad, y en el trayecto llamó a la única persona en la que podía confiar: su padre. El viejo le contestó nervioso, ya sabía que lo buscaban pero no conocía los detalles. Y no le explicó más, sólo le pidió ayuda para huir, a aquel sitio que ya en más de una ocasión habían usado como guarida. Fijaron un punto de encuentro y cortó la llamada. Tenía que cruzar una buena parte de la ciudad, y aunque sabía que lo buscaban, siguió caminando con tranquilidad, su mejor camuflaje era actuar como alguien normal, inocente.
Ya era de mediodía cuando llegó a la orilla occidental de la ciudad. Pensó que en terreno abierto quedaba más expuesto a ser identificado por alguien, así que el último tramo antes del punto donde se encontraría con su padre, uno todavía largo, lo recorrió escondiéndose entre matorrales, arrastrándose en la tierra caliente, con la cara ardida por el sol. Y recordaba aquellos días de su infancia cuando iba de cacería al monte con su papá. Cuando distinguió la camioneta del viejo, parada bajo dos árboles entre unas parcelas, corrió hacia ella. Y al llegar, abrazó al hombre que lo veía con compasión. Qué pasó, le preguntó. Luego te digo, le respondió. Siguiendo sus instrucciones sin hacer más cuestionamientos, el viejo le ayudó a raparse la cabeza y quitarse la barba. Después se cambió de ropa. Vámonos, le pidió. Aunque sonó más como una orden.
Condujeron hacia el norte por caminos de terracería, pasando pequeñas poblaciones olvidadas del progreso. Viajaban en silencio, él con la vista perdida en un horizonte que representaba una libertad engañosa, y su padre concentrado en conducir la vieja camioneta lo más rápido posible en aquel terreno agreste. Entre veredas cruzaron a otro estado, y luego tomaron un largo camino recto que dirigía a la carretera federal. Cuando divisaron la línea asfáltica aguzaron la mirada, a pesar de la distancia recorrida todavía temían que hubiera algún puesto de búsqueda en la rúa, pero no era así. Al llegar a la carretera se relajaron. Condujeron varios kilómetros más al norte y luego salieron otra vez a terracería. Ya caía la tarde. Él mantenía la mirada en el camino y creyó haber visto un coyote corriendo cerca del vehículo.
Se sintió aliviado al ver el rancho de su tía surgir adelante. La camioneta se detuvo en el amplio patio pero nadie salió de la casa. Cuando se apagó el motor, saltaron agentes de la policía rodeando la camioneta y dos patrullas se atravesaron en la puerta que acababan de cruzar. Qué hiciste, preguntó el hombre mayor al borde de las lágrimas. Luego de un breve pero pesado silencio, él respondió con voz queda, como si no quisiera que lo escucharan todos los hombres que le apuntaban con sus armas. Las maté, papá. Las maté a todas.

mayo 05, 2025

Chacal

Se despertó de sobresalto con la impresión de haber escuchado un ruido. Sin moverse, aguzó las orejas hasta convencerse de que sólo se oía el motor del minisplit y su aleta que subía y bajaba, además de un ladrido lejano. Estiró la mano hacia la cabecera de la cama y tomó su teléfono para ver la hora, pasaba de la medianoche. Y entonces, otra vez escuchó algo, como si alguien anduviera dentro de la casa.
Salió de la cobija y de sus miedos, sentándose en el borde de la cama. Su abuela dormía junto a ella, pero hasta ese momento se percató del tenue silbidito que hacía su respiración. Como no oyó más ruidos que le hicieran suponer que alguien había entrado a la casa, decidió ir a la cocina para beber agua antes de volver a acostarse. Se levantó, y el frío del piso le entró por las plantas de los pies y le subió en un escalofrío que le erizó la piel.
Caminó casi de puntitas, sin darse cuenta que lo hacía así. Y conforme avanzó hacia la puerta se le fue oprimiendo el pecho, como si el corazón intentara detenerla para evitar su destino. Tomó el picaporte con la mano derecha y su cuerpo tembló, la sacudió un incomprensible temor a lo desconocido. Giró la perilla despacio, haciéndola rechinar suave y casi imperceptiblemente. Sintió el intercambio de aire caliente y aire frío al abrir la puerta, como si estuviera en el centro de la formación de un huracán. Miró el vacío de la casa, pero había una sensación densa en el ambiente. Avanzó, y cerró la puerta tras de sí con cuidado.
Estaba a medio camino de la cocina cuando vio que una corriente de aire entraba por una ventana de la sala y ondeaba la cortina, y luego escuchó pasos. Un bulto apareció frente a ella saliendo de la cocina. Quedó petrificada. Hurgó entre los relieves sombríos y distinguió el rostro de su padrastro, pero no sintió alivio, sino un temor mayor. Escudriñó la fisionomía: el cabello desaliñado cayendo sobre su frente, el sudor escurriendo con el brillo nocturno de tonos plateados, la boca abierta que jadeaba, y unos ojos enrojecidos con semblante de furia y de perdición. Aquello no era un hombre, sino un chacal. Quiso gritar, pero la voz se le quedó atragantada.
Aquella bestia con figura humana latigueó el brazo derecho. Ella vio el martillo empuñado como arma, pero no pudo reaccionar. El golpe gélido resonó con un crack cruento, y el impacto fue demoledor. Le estalló la cabeza, y sintió la caída de su endeble cuerpo como si fuera una bolsa de huesos y vísceras lanzada con fuerza contra el suelo. Se zangoloteó instintivamente, como un pez sacado del agua. Y luego se quedó quieta, embarrada en el piso, con los ojos vidriosos perdidos en la irrealidad de lo inesperado.
El chacal la observó, inclinándose, como olfateando restos de vida, con el martillo en alto, amenazante. Pero en ese momento chirrió un colchón, así que la dio por muerta para seguir saciando su apetito de sangre. Sin embargo, ella se había convertido en un sigiloso espectro, y el recuerdo amarescente se fue grabando en sus sentidos.
Escuchó el rechinido de la perilla en la puerta de su cuarto, y después la furia descargada en un tac seco que desquebrajó los sueños de su abuela. Anticipó lo siguiente y exhaló su impotencia, que el chacal pareció olisquear al salir de la habitación. Lo escuchó deslizarse como un susurro hacia el otro cuarto. El sabor metálico de los golpes inundó el aire. El silencio posterior tenía una textura áspera y fría, hasta que su madre y sus hermanitas se despidieron con las caricias de una brisa nocturna. Su alma lloró.
El chacal salió como un torbellino, bufando, con el martillo ensangrentado en la mano. Saltó a la ventana abierta y se detuvo en el umbral, volteó el resoplante rostro con expresión de haber olvidado algo, pero luego siguió su huída en el pesado silencio de la madrugada. Mientras ella, en un último resquicio de cordura, antes de hundirse en la profundidad total de la inconsciencia, sintió su espíritu desbaratado por aquel martillazo que le partió el tiempo en dos, deteniendo el universo en ese instante de horror.

marzo 12, 2025

En un respiro

El viejo Marquis surcaba la avenida con ritmo apacible, como una lancha sobre las olas del mar, y en el interior del coche sonaba Quiéreme, de Los Bukis. Desde dos calles atrás, José Manuel se había aventurado a posar la mano derecha en la pierna de Marelvy, y al no haber encontrado objeción, estaba feliz.
Quiéreme, como yo te estoy queriendo. Cantaba emocionado alternando la vista entre el camino y aquellos ojos seductores que lo conducían a la pasión. Siente lo que estoy sintiendo, quiéreme. Y frotar aquel muslo le alborotaba los latidos y la entrepierna. Quiéreme, pues la vida me he pasado esperándote a mi lado, quiéreme. Ella reía coquetamente, y al terminar el estribillo estiró la mano izquierda hasta su nuca para responderle acariciando su cabello, en un gesto casi maternal.
Eran vecinos y se conocían de toda la vida. Marelvy era un poco mayor que él y se había divorciado unos años atrás, José Manuel seguía soltero pese a ya estar casi en los treintas. Él había organizado la fiesta de esa noche, en su taller, y tras mucho insistirle, la había convencido de acompañarlo.
Pasaba de la una cuando el Marquis se detuvo frente a la casa de ella, el bulevar lucía oscuro con la luz menguante de la luna. Dejaron encendidos la radio y el aire acondicionado para poder quedarse refugiados del calor de agosto que sofocaba la noche.
Pasaron unos minutos en silencio, en un diálogo de miradas y sonrisas nerviosas. Sabes que siempre me has gustado, soltó él. Sentía el corazón agitado y las manos sudadas pese a la refrigeración del vehículo. Y dale otra vez, respondió ella. Todavía sintiendo los efectos de la cerveza en sus movimientos y en sus pensamientos, ella se reacomodó en el asiento y alborotó el perfume de su cabellera. Sólo necesito que me des una chance para demostrarte que es en serio, insistió él. Más embriagado por el aroma floral que por todo el alcohol que había bebido, se inclinó ligeramente hacia ella haciendo rechinar el cuero del asiento. Es que tengo miedo, dijo ella con sinceridad. Y las ganas de animarse le hicieron temblar los labios. Se miraron fijamente un instante, titubeando a una palma de distancia, con sus respiraciones mezclándose. Él arriesgó el primer paso, tomándole una mano con la izquierda y rodeándole los hombros con la derecha. Ella dudó pero se dejó abrazar. Luego sus bocas se encontraron por primera vez, en un beso inocente, como el de dos adolescentes que apenas experimentan las cosas del amor, suave y dulce. Rieron como chiquillos, y tras una breve pausa, se dejaron llevar.
Marelvy reclinó el asiento un poco hacia atrás mientras José Manuel se inclinaba de nuevo hacia ella. Él exploró su geografía corporal, y ella respondió con caricias tiernas y apasionadas. Los cuerpos se movieron al ritmo de la melodía que sonaba de fondo, y sus manos trazaron un mapa de sensaciones. Los besos se volvieron más profundos, más apasionados. Los ojos se cerraron, entregándose al momento, perdidos en el éxtasis.
José Manuel se sentía en un sueño, como si el tiempo transcurriera más lento que la realidad. Percibió que se le oprimía el pecho y que le faltaba un poco el aire, y pensó que no debió haber bebido tanto antes. Marelvy estaba absorta en el cúmulo de emociones, pero sentía la cabeza volada y una debilidad en brazos y piernas, y pensó que no debió haber bebido tanto antes.
El calor de sus cuerpos se mezclaba con el aire acondicionado y empañaba los cristales polarizados del coche, convertido en un refugio de pasión, un lugar donde se materializaban los anhelos y las ansias. Sus respiraciones aceleradas, sus corazones latiendo al unísono. José Manuel deslizó las yemas de sus dedos por la espalda de ella, bajando hasta la cintura y subiendo de nuevo hasta aprisionarla. Marelvy se estremeció ante su toque, sus ojos cerrados, y una lágrima se le escapó. Se quedaron así, abrazados, soñando con un destino juntos. Y en un respiro, se les fue la vida.

febrero 09, 2025

Chivo

Era una noche oscura, de luna nueva, que acentuaba el ambiente denso de una ciudad sacudida por una encarnizada narcoguerra.
Alexis conducía su camioneta con precaución, con el temor de toparse una balacera o algún retén en el que lo dejaran a pie, si bien le iba. Miró su reloj, pasaba de la medianoche y había prometido regresar no tan tarde.
Se escuchaban detonaciones lejanas rompiendo el vacío de las calles, y el miedo se apretujaba bajo las cobijas en los dormitorios de los hogares que eran sacudidos por la fuerza expansiva de la violencia.
Alexis sintió que le sudaban las manos y apretó el volante provocando un chirrido imperceptible del cuero que lo cubría. Conducía por un bulevar al oriente de aquella ciudad famosa por sus capos y su equipo de beisbol. Dirigió la mirada al tablero y vió la aguja del velocímetro aferrarse temblorosa a la marca de los setenta, y al alzar la vista, un bicho se estampó con el parabrisas dejando una mancha blanca.
Entonces se percató que a unas cuadras estaban dos patrullas militares. Temió que fueran de las clonadas. Se le oprimió el pecho y le empezó un chillido en el oído derecho. Luego distinguió una decena de hombres armados a bordo de los dos vehículos. Si son oficiales no pasa nada, pensó. Y conforme se fue acercando apretó los dientes por instinto.
De repente, alcanzó a darse cuenta que las armas le apuntaban. Se hundió en el asiento y aplastó un poco más el acelerador, sintiendo el miedo recorrerle el cuerpo en un escalofrío. Pensó en frenar o dar vuelta, pero concluyó que eso podría ser peor, así que se dejó ir.
Apenas miró los destellos en los cañones, y los sonidos de la metralla se mezclaron con el ruido de las balas impactando la lámina de la carrocería y quebrando los cristales. Alexis se protegió inclinándose a la derecha, y la camioneta viró en esa misma dirección hasta chocar de costado con un poste. Fue zarandeado y estrelló la cara contra el tablero, brotándole sangre de la ceja izquierda, y la camioneta avanzó todavía varios metros.
Estaba aturdido y sentía que la cabeza le iba a estallar. Percibió aroma a quemado y a hierro oxidado, pero no miraba fuego. Entonces escuchó gritos de los atacantes, y que saltaban de los vehículos y caminaban hacia él. Se aventó a la parte trasera de la camioneta para no estar a la vista. Otra ráfaga estremeció la camioneta y su razón. Valió madres, se dijo. Las balas zumbaban, y se arremolinó esperando que alguna se clavara en sus carnes y acabara aquella pesadilla.
Los disparos cesaron y se sorprendió de que ninguno lo hubiera herido, pero entonces pensó que si lo capturaban sería torturado y lo desaparecerían, como sabía que había pasado con tanta gente. Le ordenaron que saliera, pero no se pudo mover. Unos segundos después, la puerta trasera de la camioneta se abrió abruptamente, y dos hombres le gritaban repitiendo la orden de que saliera, mientras le apuntaban con sus armas. Como no se movió, uno de ellos se acercó y lo jaló de un brazo hasta sacarlo, arrojándolo al pavimento. De rodillas cabrón, le vociferó. Alexis obedeció, y en ese momento sintió dolor en todo el cuerpo.
Eran unos diez hombres, con uniforme del ejército. La mitad de ellos rodeaban la camioneta, otros vigilaban los alrededores, y unos permanecían en las patrullas. Alexis ya no aguantaba el dolor en las rodillas cuando de uno de los vehículos descendió un hombre con pinta de mando, que a medio camino lanzó órdenes: mátalo, mátalo. Alexis cerró los ojos y escuchó que el hombre que tenía más cerca preparaba su arma. Hay cámara, gritó uno de los militares que estaba más lejos. Alexis abrió los ojos y giró la cabeza hacia donde había escuchado el grito, el militar señalaba la videocámara de un negocio. Chingadamadre, espetó el que lo había sentenciado a muerte.
No hubo necesidad de que se diera otra orden, mientras dos hombres lo tomaban de los brazos para llevarlo a una de las patrullas, los demás recogieron los casquillos que estaban regados por toda la calle.
Alexis se golpeó la espinilla izquierda cuando lo aventaron a la patrulla. Al mismo tiempo, el militar de mando ordenaba que se hiciera un parte en el que se le señalara de haber disparado primero. Un perro ladró a lo lejos, y otros muchos ladridos diferentes respondieron desde distintas direcciones. Y Alexis se desvaneció.