Se detuvo sobre el antepecho de la ventana y giró el rostro hacia el interior de la casa, hasta ese momento fue consciente de la magnitud de lo que había hecho, y de que se desprendía de su pasado. Miró su reflejo en el cristal de un retrato familiar que estaba sobre la mesita de centro en la sala, pero no se identificó a sí mismo en la figura deforme que observaba: aquella no era la silueta de un hombre, sino la de un chacal.
Saltó al exterior, se aseguró de que no hubiera alguien en la calle pese a que todavía faltaban un par de horas para el amanecer, y corrió sin saber a dónde, corrió tan rápido como pudo y hasta agotarse. Cuando paró, estaba bajo un árbol a la orilla de un canal de riego, en las afueras de la ciudad. Se dejó caer de rodillas y arqueó el cuerpo, doblegado por la asfixia y la náusea. Vomitó sus restos de locura mezclados con un líquido amarillento y ácido. Al recuperar la cordura, se dio cuenta que aún se aferraba al martillo ensangrentado con su mano derecha. Lo arrojó casi sin fuerza, y se derrumbó.
Estuvo sentado bajo el árbol durante un par de horas, sin pensar claramente. Se frotaba las manos, se tallaba las piernas, se daba golpecitos en la cabeza y se jalaba los cabellos. Le daba vueltas a la idea de regresar, más que por arrepentimiento, impulsado por la inquietud de saber si aquello se descubriría pronto. Se levantó de repente y caminó hacia donde había quedado tirado el martillo, lo tomó de nuevo con la mano derecha, sintiendo la madera de la empuñadura calentada por el sol que apenas se había levantado un poco sobre el horizonte, y que todavía se sentía estival aunque ya era otoño. Miró de cerca la sangre que ya era una costra seca pegada a la herramienta, y se perdió en las marcas que había formado y en sus tonalidades. Hasta que lo sorprendió el ruido de un coche lejano, y arrojó el martillo a las aguas del canal.
Caminó decidido de regreso a la casa, y la distancia se le hizo mucho más larga esta vez. Varias calles antes de llegar, observó que ya había patrullas en el sitio, y se detuvo frente a una casa con tienda de abarrotes, donde había un frondoso árbol de algodón. Se recargó en el tronco mientras miraba las diligencias policiales. Qué feo lo que pasó, le dijo una mujer mayor que salía con una bolsa de mandado. No dijo más, pero él ya sabía aquello que no se dijo. La mujer se alejó meneando la cabeza y caminando con dificultad, semiencorvada. Otras patrullas llegaron al lugar desde diferentes direcciones, y a la distancia observó que alguien les daba instrucciones y volvían a irse. Ya lo saben, pensó. Y se fue de ahí caminando tranquilo, escabulléndose en la rutina del quehacer diario.
Caminó hacia el poniente de la ciudad, y en el trayecto llamó a la única persona en la que podía confiar: su padre. El viejo le contestó nervioso, ya sabía que lo buscaban pero no conocía los detalles. Y no le explicó más, sólo le pidió ayuda para huir, a aquel sitio que ya en más de una ocasión habían usado como guarida. Fijaron un punto de encuentro y cortó la llamada. Tenía que cruzar una buena parte de la ciudad, y aunque sabía que lo buscaban, siguió caminando con tranquilidad, su mejor camuflaje era actuar como alguien normal, inocente.
Ya era de mediodía cuando llegó a la orilla occidental de la ciudad. Pensó que en terreno abierto quedaba más expuesto a ser identificado por alguien, así que el último tramo antes del punto donde se encontraría con su padre, uno todavía largo, lo recorrió escondiéndose entre matorrales, arrastrándose en la tierra caliente, con la cara ardida por el sol. Y recordaba aquellos días de su infancia cuando iba de cacería al monte con su papá. Cuando distinguió la camioneta del viejo, parada bajo dos árboles entre unas parcelas, corrió hacia ella. Y al llegar, abrazó al hombre que lo veía con compasión. Qué pasó, le preguntó. Luego te digo, le respondió. Siguiendo sus instrucciones sin hacer más cuestionamientos, el viejo le ayudó a raparse la cabeza y quitarse la barba. Después se cambió de ropa. Vámonos, le pidió. Aunque sonó más como una orden.
Condujeron hacia el norte por caminos de terracería, pasando pequeñas poblaciones olvidadas del progreso. Viajaban en silencio, él con la vista perdida en un horizonte que representaba una libertad engañosa, y su padre concentrado en conducir la vieja camioneta lo más rápido posible en aquel terreno agreste. Entre veredas cruzaron a otro estado, y luego tomaron un largo camino recto que dirigía a la carretera federal. Cuando divisaron la línea asfáltica aguzaron la mirada, a pesar de la distancia recorrida todavía temían que hubiera algún puesto de búsqueda en la rúa, pero no era así. Al llegar a la carretera se relajaron. Condujeron varios kilómetros más al norte y luego salieron otra vez a terracería. Ya caía la tarde. Él mantenía la mirada en el camino y creyó haber visto un coyote corriendo cerca del vehículo.
Se sintió aliviado al ver el rancho de su tía surgir adelante. La camioneta se detuvo en el amplio patio pero nadie salió de la casa. Cuando se apagó el motor, saltaron agentes de la policía rodeando la camioneta y dos patrullas se atravesaron en la puerta que acababan de cruzar. Qué hiciste, preguntó el hombre mayor al borde de las lágrimas. Luego de un breve pero pesado silencio, él respondió con voz queda, como si no quisiera que lo escucharan todos los hombres que le apuntaban con sus armas. Las maté, papá. Las maté a todas.
julio 06, 2025
Huida
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