mayo 13, 2026

El último traslado

El aire se sentía inusualmente denso esa tarde, cargado con el olor metálico de la lluvia que no termina de caer y el silencio sepulcral que suele habitar los pasillos de una funeraria. Para Anayeli, aquel edificio no era un lugar de espanto, sino el escenario de la cotidianidad; sin embargo, ese día, las paredes parecían cerrarse sobre ella como un sudario de concreto.
Cuando la carroza se detuvo frente a la puerta, el tiempo se fue ralentizando al mismo ritmo que el motor del vehículo, hasta detenerse en un péndulo estático. Ella esperaba, como muchas otras veces, el regreso del compañero de vida, del hombre que tantas veces había burlado la sombra de la muerte entregando a otros a su descanso eterno. Pero el destino, con su ironía de acero, había decidido que esta vez Miguel no regresara al volante, sino como pasajero del silencio.
Al abrirse las puertas traseras de la carroza, el mundo se fragmentó. Ver el féretro fue como recibir un golpe de hacha en el centro del alma: era el eco de sus risas en el Valle del Carrizo, era el recuerdo de sus manos que ahora estarían gélidas. Anayeli sintió que el suelo se convertía en arena movediza. Sus pensamientos eran un torbellino de astillas. ¿Cómo es que el guía de los muertos se ha perdido en el camino? ¿Por qué el asfalto de Sonora devoró tus pasos cuando sólo buscabas volver a casa?
El dolor no fue una punzada, sino una marea de fuego líquido que le subió por el pecho. El aire se volvió sólido, una masa imposible de tragar que le quemaba la garganta. Sintió que sus pulmones eran dos pájaros atrapados en una jaula demasiado pequeña, golpeando sus costillas con desesperación.
De pronto, un rayo invisible atravesó su brazo izquierdo, una serpiente de hielo que le apretó el corazón con puño de hierro. El dolor emocional, esa angustia que le desgarraba la razón, encontró un puente físico en su miocardio. Su corazón, que durante años latió al compás de Miguel, se negó a seguir pulsando en un mundo donde él ya no respiraba.
En su mente, la última imagen no fue la del accidente en el kilómetro 56, sino la de los campos del Poblado 6, bajo un sol que no conocía de tragedias. Sus piernas cedieron como columnas de sal ante la tormenta. Mientras el frío la invadía, un último pensamiento cruzó su consciencia: no te dejaré ir solo. Era un viaje sin carrozas ni carreteras, donde el hilo que los unía se tensó tanto que terminó por arrastrarla tras de él.
Anayeli cerró los ojos frente al cuerpo de su esposo, y en ese suspiro final, los compañeros funerarios de Miguel presenciaron su servicio más amargo: dos almas que, negándose a la distancia de la tumba, decidieron emprender el regreso al Valle del Carrizo unidas por un mismo latido quebrado. La oscuridad no fue un final, sino el último traslado.

febrero 08, 2026

En la soledad

Llegó a la plazuela caminando con paso lento, apoyado en su bordón, como si el peso de la vida fuera ya una carga demasiado difícil de llevar a cuestas. Se detuvo en la esquina y recorrió el lugar con la mirada: observó las aves ya alborotadas entre los árboles, al vendedor de libros acomodando su puesto para iniciar la jornada, a unos jóvenes que platicaban en una banca, a los lavacarros que empezaban labores afuera de la iglesia, y a los feligreses que llegaban para la misa de siete. Es un buen día, pensó.
Felizardo apretó la empuñadura del bordón con la mano derecha y retomó el paso, y la bolsa que llevaba en la mano izquierda se balanceó al ritmo de su trastabillado caminar. Arrastraba su andar con la certeza de no tener prisa, dejándose abrazar por los sonidos de la rutina matutina y el petricor que emanaba de los jardines de la plazuela después de la densa brisa de la madrugada. Buenos días apá, le saludó efusivamente un joven lavacarros flaco y andrasojo. Le respondió con un buenosdías sonriente, causándole una gracia intrínseca el hecho de que ese tipo de personas, los desvalidos y marginados, siempre le habían hablado con tal carisma.
Se adentró entre los jardines de la plazuela caminando justo por el centro del andador. Un viento suave y fresco revoloteó a su alrededor y las sombras de los árboles danzaron en el piso. Felizardo observó las figuras que se formaban y se transformaban con las sombras bailarinas, hasta llegar a una de las fuentes, que no funcionaba desde hacía mucho tiempo. Se sentó en la escalinata con las dificultades propias de su desgastado cuerpo, y sintió el frío húmedo del cemento, pero no le importó que se mojara su pantalón de gabardina. Al colocar en el suelo la bolsa que llevaba, sonó el golpe tenue de un objeto metálico en su interior, pero nadie se percató de aquel sonido.
Recargó las dos manos en la empuñadura del bastón y observó el templo del Sagrado Corazón de Jesús, poniendo atención a los detalles de su estructura hasta aterrizar la vista en la cruz sobre el campanario. Miró largamente aquella cruz, pero no rezó, ni reclamó, sentía que ya no tenía caso ni lo uno ni lo otro. La algarabía de unas adolescentes que cruzaban la plazuela platicando y riendo lo sacó de aquel ensimismamiento. Respiró profundo levantando el rostro al cielo con los ojos cerrados y sintiendo el calorcito del sol, y sonrió por la ironía de su existencia. Miró la bolsa que yacía entre sus pies y pensó que ya era el momento, pero una melodía emanó del puesto de libros rompiendo el acorde de la rutina urbana, y aquella melodía lo transportó a otro episodio de su historia. Perdió la mirada en la nostalgia y se dejó llevar por los recuerdos al son de aquellas notas.
Cuando la canción terminó supo que era la hora indicada. Metió la mano derecha en la bolsa y sacó un revólver calibre 38 Especial con cachas de madera. Lo levantó hasta sentir el cañón clavado bajo su barbilla. Notó que aun en aquella situación, con un arma apuntándole y en un lugar público, era desapercibido. Y apretó el gatillo. Un bang resonó en la soledad de su vida.