Llegó a la plazuela caminando con paso lento, apoyado en su bordón, como si el peso de la vida fuera ya una carga demasiado difícil de llevar a cuestas. Se detuvo en la esquina y recorrió el lugar con la mirada: observó las aves ya alborotadas entre los árboles, al vendedor de libros acomodando su puesto para iniciar la jornada, a unos jóvenes que platicaban en una banca, a los lavacarros que empezaban labores afuera de la iglesia, y a los feligreses que llegaban para la misa de siete. Es un buen día, pensó.
Felizardo apretó la empuñadura del bordón con la mano derecha y retomó el paso, y la bolsa que llevaba en la mano izquierda se balanceó al ritmo de su trastabillado caminar. Arrastraba su andar con la certeza de no tener prisa, dejándose abrazar por los sonidos de la rutina matutina y el petricor que emanaba de los jardines de la plazuela después de la densa brisa de la madrugada. Buenos días apá, le saludó efusivamente un joven lavacarros flaco y andrasojo. Le respondió con un buenosdías sonriente, causándole una gracia intrínseca el hecho de que ese tipo de personas, los desvalidos y marginados, siempre le habían hablado con tal carisma.
Se adentró entre los jardines de la plazuela caminando justo por el centro del andador. Un viento suave y fresco revoloteó a su alrededor y las sombras de los árboles danzaron en el piso. Felizardo observó las figuras que se formaban y se transformaban con las sombras bailarinas, hasta llegar a una de las fuentes, que no funcionaba desde hacía mucho tiempo. Se sentó en la escalinata con las dificultades propias de su desgastado cuerpo, y sintió el frío húmedo del cemento, pero no le importó que se mojara su pantalón de gabardina. Al colocar en el suelo la bolsa que llevaba, sonó el golpe tenue de un objeto metálico en su interior, pero nadie se percató de aquel sonido.
Recargó las dos manos en la empuñadura del bastón y observó el templo del Sagrado Corazón de Jesús, poniendo atención a los detalles de su estructura hasta aterrizar la vista en la cruz sobre el campanario. Miró largamente aquella cruz, pero no rezó, ni reclamó, sentía que ya no tenía caso ni lo uno ni lo otro. La algarabía de unas adolescentes que cruzaban la plazuela platicando y riendo lo sacó de aquel ensimismamiento. Respiró profundo levantando el rostro al cielo con los ojos cerrados y sintiendo el calorcito del sol, y sonrió por la ironía de su existencia. Miró la bolsa que yacía entre sus pies y pensó que ya era el momento, pero una melodía emanó del puesto de libros rompiendo el acorde de la rutina urbana, y aquella melodía lo transportó a otro episodio de su historia. Perdió la mirada en la nostalgia y se dejó llevar por los recuerdos al son de aquellas notas.
Cuando la canción terminó supo que era la hora indicada. Metió la mano derecha en la bolsa y sacó un revólver calibre 38 Especial con cachas de madera. Lo levantó hasta sentir el cañón clavado bajo su barbilla. Notó que aun en aquella situación, con un arma apuntándole y en un lugar público, era desapercibido. Y apretó el gatillo. Un bang resonó en la soledad de su vida.
Felizardo apretó la empuñadura del bordón con la mano derecha y retomó el paso, y la bolsa que llevaba en la mano izquierda se balanceó al ritmo de su trastabillado caminar. Arrastraba su andar con la certeza de no tener prisa, dejándose abrazar por los sonidos de la rutina matutina y el petricor que emanaba de los jardines de la plazuela después de la densa brisa de la madrugada. Buenos días apá, le saludó efusivamente un joven lavacarros flaco y andrasojo. Le respondió con un buenosdías sonriente, causándole una gracia intrínseca el hecho de que ese tipo de personas, los desvalidos y marginados, siempre le habían hablado con tal carisma.
Se adentró entre los jardines de la plazuela caminando justo por el centro del andador. Un viento suave y fresco revoloteó a su alrededor y las sombras de los árboles danzaron en el piso. Felizardo observó las figuras que se formaban y se transformaban con las sombras bailarinas, hasta llegar a una de las fuentes, que no funcionaba desde hacía mucho tiempo. Se sentó en la escalinata con las dificultades propias de su desgastado cuerpo, y sintió el frío húmedo del cemento, pero no le importó que se mojara su pantalón de gabardina. Al colocar en el suelo la bolsa que llevaba, sonó el golpe tenue de un objeto metálico en su interior, pero nadie se percató de aquel sonido.
Recargó las dos manos en la empuñadura del bastón y observó el templo del Sagrado Corazón de Jesús, poniendo atención a los detalles de su estructura hasta aterrizar la vista en la cruz sobre el campanario. Miró largamente aquella cruz, pero no rezó, ni reclamó, sentía que ya no tenía caso ni lo uno ni lo otro. La algarabía de unas adolescentes que cruzaban la plazuela platicando y riendo lo sacó de aquel ensimismamiento. Respiró profundo levantando el rostro al cielo con los ojos cerrados y sintiendo el calorcito del sol, y sonrió por la ironía de su existencia. Miró la bolsa que yacía entre sus pies y pensó que ya era el momento, pero una melodía emanó del puesto de libros rompiendo el acorde de la rutina urbana, y aquella melodía lo transportó a otro episodio de su historia. Perdió la mirada en la nostalgia y se dejó llevar por los recuerdos al son de aquellas notas.
Cuando la canción terminó supo que era la hora indicada. Metió la mano derecha en la bolsa y sacó un revólver calibre 38 Especial con cachas de madera. Lo levantó hasta sentir el cañón clavado bajo su barbilla. Notó que aun en aquella situación, con un arma apuntándole y en un lugar público, era desapercibido. Y apretó el gatillo. Un bang resonó en la soledad de su vida.
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